Textos Rotas Cadenas - Absolutencanfeutral (o algo así..)
Buenas noches, les escribo desde acá, desde un paraíso
personal, desde un desierto emocional, desde un infierno económico, desde
Buenos Aires.
Les cuento un cuento que escuche no se donde, pero hace
mucho tiempo. No es muy lindo ni inspirador, como los que rondan la Internet a
diario, no es una revelación, como uno esperaría, es solo una historia
particular, especial, curiosa, y se que tiene un significado oculto, aunque aún
no lo pude vislumbrar. Dicen, que es una historia real.
Y dice así:
Hay un hombre corriendo, agitadísimo, corre
desesperadamente, sin técnica ni cuidado, corre usando todas sus fuerzas, sin
mirar atrás. Avanza rápidamente por una especie de selva de pastos gigantes,
apartándolos a los golpes y tumbos con ambos brazos, sin ver lo que tiene
adelante, agotado, pero sin disminuir su desaforada velocidad, mientras la rara
vegetación le golpea la cara y le sangra las manos y antebrazos, jadeando,
siguiendo su línea recta, sin vacilar. Usa un arrugado y sucio “overol” naranja
y botas, corre como si su vida o la de toda la humanidad, dependiera de ello…
hasta que abruptamente y sin poder aferrarse a nada, cae en un pozo.
Un recto y lineal hoyo de alrededor de 3 metros de
diámetro, casi perfectamente cortado en la piedra caliza, al cual, el no pudo
ver, por la espesa y tupida vegetación, que cubría su incierto camino.
Cae y cae, baja rápidamente, mientras al mismo tiempo,
saca de su bolsillo una especie de lámina de papel metalizado, algo arrugado,
que estira y desdobla, mientras baja muy velozmente por el pozo que se hace
cada vez mas oscuro y frío. Desarruga el papel metalizado y con cierta
dificultad logra colocarlo sobre su pecho, bajo su ropa color naranja fuerte,
sin parecer preocupado por su veloz descenso, sin mirar abajo, sin dudar de lo
que le espera.
El pozo continuaba, perfecto, increíblemente hondo, hasta
que abruptamente se convierte en una especie de caverna, tenuemente iluminada
con antorchas y un par de seres encapuchados, con sotanas marrones, parados en
el borde de un pozo que estaba perfectamente alineado con el del techo de la
caverna, mirando pasar al veloz y preparado corredor que como un rayo naranja,
sale de un agujero, y entra segundos después en el del piso, mientras estos
pseudos monjes, lo miran, como si toda su vida, hubieran estado esperando por
ese efímero momento.
El pasa raudamente, continuando su caída infernal, por
ese pozo sin fin, acelerando, cayendo, despreocupado, casi acostado, rumiando
para si mismo algo que cualquiera confundiría con un rezo, aunque muy lejos de
serlo, un murmurar interminable, para si mismo, repetitivo, monosílabo,
aumentando la intensidad, casi un mantra, una y otra vez. Hasta que debajo de
vislumbra luz. Sale del túnel vertical hasta el vacío, sigue cayendo, y siente
el todo su cuerpo la inconfundible caricia del sol, y el viento fresco, y
sonríe, sin dejar de repetir su murmullo, su “rezo” su destino. Atraviesa
varias capas de nubes.
Abajo una señora de color, gorda, muy gorda, lleva en su
mano una soga que ata una vaca muy flaca, quienes caminan despreocupadamente
sin mirar hacia arriba, desde donde el hombre de overol, cae son los ojos
apretados, murmurando sin pausas sus últimos rezos, sin siquiera interés de
mirar hacia abajo.
La negra señora y su triste vaca caminan lentamente hasta
que ella se da cuenta, por mera intuición y mira hacia abajo, que esta parada
sobre un circulo blanco pintado en el suelo.
El hombre repite su mantra cada vez mas fuerte, mientas
continua cayendo velozmente, muy veloz, hasta que su murmullo se convierte en
un grito viseral, con toda la fuerza de sus pulmones y su corazón.
El hombre cae.
La señora y su vaca, caminan.
Ella, parada, curiosa, en el centro de un circulo blanco,
mira por fin hacia arriba, y escucha el grito.
El abre sus ojos. Su grito y su caída finalizan
abruptamente.
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