Cuento: "Entregarse..."

Cuento #1




Continuar leyendo si y solo sí es mayor de 18 años.

































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Entregarse, es un modo de poseer

Parte 1

“Hola!” (Mmmm No... así no...)
“Era un fría noche de invierno, la nieve caía sobre la desierta estepa” (No... tampoco.)
Así comenzaría un relato normal, describiendo al lector la situación, espaciotemporalmente, para ponerlo en situación y lentamente continuar con el relato... pero no sale naturalmente, no a mí, que suelo escribir para mí mismo o para un posible lector del futuro, imaginario ser que se interese en mis palabras...
Prefiero hacerlo como sale, desordenadamente, caótico, casi eruptivo, para poder ir sacando y desenmarañando letra por letra esto que se niega a salir a la luz de manera prolija y entendible... perdón imposible lector del futuro... perdón por hacerte hacer a vos el trabajo de armar este relato, este trabajo que me corresponde y no tengo la fortaleza intelectual de organizar.
Mi nombre no importa, no viene al caso, pero soy Nick.
Este texto sale a la luz a pedido de una persona que cree saber lo que le espera al leerlo, y como tampoco tengo la fuerza emocional de decirle que no a algunos seres muy especiales, aquí está.

Buenos aíres, Zona Oeste, viernes 21:00 hs (aprox), terminando un día normalmente complicado, proponiéndome hacer más cosas de las que me daría el día, siendo poco realista con respecto a mis capacidades y a cumplir con lo que prometo, me dispongo desplazarme hasta la casa de una amiga, una vieja amiga de la vida, que tuvo la desgracia de haber hecho pareja conmigo, (llamemosla “Agatha”) pero ya felizmente casa, con 2 hijos, un marido bueno, trabajador, con pocas luces para mi gusto, pero con muchas otras características que creo que suplen su poca complejidad intelectual, me dirijo hasta su casa, para hacerle entrega de un libro, muy postergada devolución, ahora apresurada por la necesidad de su hijo mayor para la escuela. Envío un mensaje al estar aproximadamente a 3 minutos, sabiendo que ella no tiene por lo general el teléfono a mano... Sabiendo también que tendré que esperar en un barrio que no es de mi agrado... pero contento por estar concluyendo una de las tantas tareas que me planifiqué para ese día.
Tengo que hacer un paréntesis (otro, hago muchos, perdón, lo siento...si seguís leyendo, aguantarlo), ella es aún después de los años que la conozco, muy hermosa. Tiene unos ojos verdes, que cambian con el tiempo, un cuerpo en muy bien estado a pesar de sus 2 partos, y se mantiene en muy buena forma por gustarle mucho el baile y caminar mucho.
Me resulta muy atractiva. Y aunque yo no me considero una persona (soy hombre, no sé si lo aclaré) que llame la atención, pero algo en mí despierta una cierta atracción (dicho por ella) y muchas veces, ya separados, y con respectivas parejas nos vimos en situaciones muy incómodas donde estuvimos muchas veces a punto de destrozar todo lo que había sobre una mesa para comportarnos como jovencitos y alguna que otra vez coincidimos ambos solos, en algún hotel de la zona, para volver un poco el tiempo atrás y hacernos lo que nos gustaba hacernos.
Ella es (lo sigue siendo) muy entregada en la intimidad... ella se deja hacer, se entrega incluso invitándote a hacerle cosas que sabe que son más placenteras para el que las da, que para el que las recibe... le gusta mirarme, a mi y creo que a todas sus parejas también, mirarme mientras la poseo... verse entregada, convertida un objeto de adoración, siendo el centro del universo en ese momento, en esa cama, en ese espejo... verse reflejada en los ojos de su amante, ver como lo es todo en ese instante... verse y verme sudados, agitados, y con el mundo exterior extinto ante un cataclismo global que solo sobrevivió ese cuarto, por esas dos horas donde todos mis besos son para ella, donde todos mis suspiros son por ella, ver como mis manos y mi lengua la recorren, siendo absoluta, sintiéndose quizá lo más importante en el universo, al dejarse recorrer... explorar, invadir, penetrar y lamer, observando una película donde es la protagonista, completamente entregada a su papel de ser creado para ser amado, gozado y usado, y eso a mi, me desquiciaba de placer.
Aclaro esto, únicamente porque como se notará, ella me atrae muchísimo, más que nada por lo afectivo, por conocerla, por quererla como es... y aunque siempre intenté (muchísimas veces logré) respetar su estado de pareja, al no sucumbir a mi instinto de besarla en el cuello, detrás de sus orejas, olerle el pelo y meter mi mano en su ajustado jean, esto es parte de lo que pasó. Y como cambió todo para mí esa noche que llegué esperando esperarla, y encontrándola esperándome en la puerta de su casa.


















Parte 2

La saludo sin ocultar mi sorpresa por verla en la vereda, (recordemos que su barrio no es muy bonito ni seguro, menos por la noche, afortunadamente al ser un viernes, mucha gente ya aprovechaba el calor creciente para estar en la vía pública.
Notela vestida muy de “entre casa” para estar afuera, pero es una persona muy poco pudorosa y consiente de su apariencia física, dueña de una seguridad admirable y en una calle que la vio nacer, cómoda, como si estuviera en su living... y de mejor humor de lo que esperaba, terminando un cigarrillo, casi sin inmutarse, como queriendo darme tiempo que la admire ahí parada, con un pié descalzo apoyado en la pared, dejándome disfrutar de su belleza... tan natural, tan sencilla... poderosa en su femineidad... sus anchas caderas de potranca indomable y sus firmes piernas de bailarina amateur la hacían un espectáculo que me demoré deliberadamente en terminar de apreciar...
Me apeo y la saludo con afecto, miro al rededor como preguntando por el resto de su familia y ella, sin dar ninguna explicación a mi tácita pregunta, da media vuelta sobre su otro pie descalzo y entra a su casa, sin más palabras que “fijate que quede bien cerrado”. De alguna manera, invitándome a pasar.
Un poco desorientado por la falta de bullicio, y el eterno televisor que tienen siempre encendido esta vez oscuro, sin imagen, como penitente en medio de una blanca pared, pagando en silencio por dar constantemente noticias tan poco favorables.
Lo miro apagado y pregunto con un poco de ironía, -“Quién se murió?”.- a lo que ella responde aún de espaldas, claramente poniendo la pava en a hornalla, aún descalza con los pies con claras evidencias de haber estado mucho tiempo recorriendo la casa sin calzado, se rascaba una pantorrila con el otro pie... (Sus uñas de un rojo intenso, mostraban un cuidado que contrastaba con lo poco pulcro de sus plantas), un acto que recordaba a las garzas, a los flamencos, parados con mucha gracia sobre una sola pierna, con tanta naturalidad que podría haberlo ensayado. -“Nadie, por ahora”.
En ese momento se le escapa un pequeñísimo atisbo a su acento, ya que ella es originaria de la Provincia de Corrientes, pero al haber venido de tan chica, solo asomaba nuevamente cuando iba de visita para alguna festividad, o venían visitas de Paso de los Libres.
Ahí noto ese vestidito, ajustado y ya opaco vestido corto... recuerdo que era su favorito... lo usó mucho años atrás y dejó de entrarle. Tiempo después del nacimiento de su nena, logró volver a calzarlo.
Le quedaba de maravilla... un talle o dos más chico de lo que una madre convencional usaría, innegablemente controversial.
Ahí caí preso de un solo pensamiento que sabía no iba a poder quitarme fácilmente de la cabeza... lo deseable que era... y me empezaron a caer como luvia de ladrillos, todas las cosas recordé que a ella le gustaría que le haga y que a mí me gustaría hacerle, pero sin dejar de pensar que estaba en pareja hace tiempo y posiblemente el marido estuviera en la otra habitación, pregunté como esperando una única respuesta que me pondría en un lugar seguro... que ya estaban por llegar...
-Y la familia? En que andan?.- Dije tímidamente, mientras miraba a mi alrededor.
-Walter (Su marido) se fue directo del trabajo para Tigre. Se toman la última lancha y pasan mañana todo el día pescando en la Isla. El domingo a la tarde los pasa a buscar la lancha otra vez. Y los chicos ahí andan, volviéndome loca... la nena con mi vieja, de pijamada (hizo un gesto divertido, como no creyendo lo grande que estaba) y el “Indio” con los amigos... duerme de un compañero acá a tres cuadras. Vos? Tu novia?.- (noto cierta burla en su incisiva pregunta)
-Veo que te organizaste un finde de relax... Ella bien. Con novio nuevo ya. Nos separamos, no te conté? Cuanto hace que no hablamos? No te da miedo estar sola en tu casa? .-
Reí y pregunté con ironía... Intuyendo que yo estaba en el preciso lugar, en el preciso momento que ella había planificado, y conociéndola, todo lo que pase de ahí en más, podía a ser parte de su plan, seguramente no estaría bien con su marido, y me querría a usar para herirlo... cosa que no estaba de acuerdo, pero sabía no estar en posición de evitarlo...
Se deja caer en el sillón frente al mío y apoya la bandeja en la mesa que nos separa, casi al instante nota que mi mirada sigue los pliegues de su vestido y metiendo la parte delantera de la pollera entre sus piernas para taparse lo que al estar estas apenas separadas dejan ver, ensaya un “perdón” al pasar, mientras se tapa.
Me pongo claramente nervioso... ella me puede, ella lo sabe, ella me tiene... pero nunca (solo una vez y hace mucho) habíamos roto ese silencioso acuerdo de no provocarnos si estábamos en pareja.
Hago entrega del libro y desinteresadamente lo apoya junto a la bandeja, como restándole importancia al objetivo de mi visita, tan tarde un viernes, suponiendo que no tenía nada mejor que hacer, que conducir hasta acá por un gastado mal tratado ejemplar de “El Tunel”.
Así empieza a contarme muy detalladamente los problemas que tiene con Walter, primero de dinero (él no tiene un trabajo estable hace tiempo y ella con la salón de belleza no logra cubrir las necesidades) y después y muy rápidamente pasa sin solución de continuidad a problemas maritales. Nuevamente pide unas simuladas disculpas, a lo detallado de su descripción alegando que conmigo tiene confianza, pero sabiendo lo cruelmente gráfica que está siendo en sus detalles.
Agatha me describe sus necesidades, me alcanza un mate, rosa mi mano y me estremezco, (que fácil que soy, que sencillo debe ser para ella tenerme acá, así... por lo menos, de que manera predecible encajé en todo)... cruza sus piernas como un indio sobre el sillón, ya sin intentar ocultar su ropa interior, hipnotizante, y luego de un tiempo imposible de calcular, me quita de mi ensueño al levantarse a buscar algo, vuelve con eso (algo para comer supuse) y lo deposita en la mesa, interiormente deseo que se vuelva a sentar como estaba, yo divagando en mis ensoñaciones, ya no puedo pensar en otra cosa... me tengo que ir... me conozco... cuando se me pone una entrepierna en la cabeza (o un juego de pechos femeninos, o casi cualquier parte de anatomía de una mujer) no puedo pensar en otra cosa que besarla... carajo!
Que mal no poder controlarlo.
Sigue con su relato de “amigos”, describiéndome cosas que me sonrojaría escuchar de otra persona, pero ella es brutalmente honesta y gráficas, muy guarra, como un hombre conmigo.
Consigo juntar fuerzas y sacar mi celular, mi cuerpo está reaccionando físicamente a los estímulos visuales y auditivos que vienen desde ella, (aprovecho el movimiento para acomodar mi incipiente erección, aunque creo que no fui lo suficientemente delicado y ella no nota), se le dibuja una sonrisa y sin dejar de hablar de sus cosas, me reprocha usar el celular mientras me cuenta...
Y tiene razón, es la única manera de puedo dejar de viajar entre sus imposibles ojos, y esa desgastada y apretada bombacha rosa que deja ver entre sus muslos.
Miento que son cosas de laburo, que la escucho, que continúe, me lo vuelvo a acomodar, se levanta al baño.
Odio que use la palabra mear y sus derivados, pero Agatha es así... la acepto, solo espero que no la use en cualquier contexto y con cualquiera... deja la puerta abierta y me sigue hablando como si estuviera sentada en el sillón, y no con su ropa interior en los tobillos, de puntas de pié, orinando y sin disimular el sonido... me excita muchísimo que sea así conmigo... que tenga el descaro de hacer eso casi frente a mi, escuchándola, provocándome.
Escucho correr agua y sale secándose las manos, se acomoda descuidadamente, como si fuera una niña de 3 años la ropa, siendo sin dudas provocativa para llevarme al límite.
-Te lavaste las manos? -Pregunto con tomo desafiante, como retándola, como adulto a un niño.
-Olé... - Y se agacha sobre la mesa que aún contiene la bandeja con el mate, el resto de un budín de un sabor poco definible, y pone sus suaves y delicadas manos frente a mi nariz, al hacerlo noto que no lleva corpiño y sus firmes pechos cuelgan hacia adelante, como una jugosa fruta ofreciéndose a ser probada, la miro a los ojos muy serio, le vuelvo a mirar los pechos, desnudos casi, ahí a centímetros de mi rostro, y le digo con voz muy baja - Sos muy cruel...-
-Si ya las conoces!- dice con su dulce acento, mientras casi sin darles importancia se las junta con ambas manos y las deja caer nuevamente. Como si nada hubiese pasado, restándole importancia a la locura que me provocaba esa parte de su cuerpazo, se sienta nuevamente. Pero esta vez utilizándolo como un diván... y comienza a contarme de sus hijos, (agradezco a Dios que cambie el foco de la conversación y no siga describiéndome la falta de tamaño de su marido, o lo poco que él disfruta practicarle sexo oral o que él no conciba la idea de penetrarla cuando ella está en su periodo) y cosas de su trabajo tan sacrificado.
Tiempo atrás, en uno de esos fugaces y ardientes reencuentros que nos brindó la vida, estábamos ambos con trabajo, pero con poco dinero, éramos jóvenes aún y solíamos amarnos en cualquier lugar, en cualquier momento, (sin posibilidad de acceder a un digno hotel), ni bien nuestras obligaciones diarias lo permitían, estacionábamos el auto de su madre en algún lugar poco iluminado, o de pié contra alguna pared confidente de un Bar/Pool de la zona... ella siempre fue así... increíblemente predispuesta para todo lo que uno quiera experimentar con ella.
Incluso recuerdo cuando estábamos de novios, y a ella se le metió la idea de hacer un “menage a trois”, cosa que ya les contaré en otra oportunidad.
Solo tenía que ver la necesidad en mis ojos, mi deseo, mi urgencia y comenzaba a mirar hacia los costados para hacer un estudio del área y ver la posibilidad de darme placer aunque sea con su mano por debajo de la mesa, o sacarse la ropa interior, meterla en su cartera y llevarme de la mano al baño más cercano... Un tormentoso instinto maternal que se apoderaba de ella, de no poder verme sufrir por falta de sexo... una especie de obligación culposa y erótica, de ser la que sacie mi sed de amor carnal que ella misma despertaba en mí.
Y así me miró cuando se tiró en el sillón... como si alguien se diera cuenta que por fin la llave que tiene hace tanto tiempo, sirviera para una cerradura que no conocía, y puede cumplir su destino antiquísimo... me miró como diciendo, “ya entiendo lo que estás necesitando”.
Sonrió... victoriosa, creo yo... Reconociendo ese momento de gloria de tenerme ahí, embobado con sus piernas, con sus pechos y con la forma apretada y notoria de su sexo tras la fina tela rosa.
Rió de mi destino, (ahora entiendo), de mi suerte echada, de mi predecibilidad (existe?) y del control que ella tuvo, tenía en ese instante, y tendría por el tiempo que estuviéramos vivos, sobre mi deseo.
Me salvó de ese trance una llamada de rutina de su madre, pasándole el parte de su hija, antes de irse a dormir. Hablaron muy velozmente como sé que ellas lo hacen, (la madre una versión previa, una “Beta” de la misma persona, Mabel, hermosa mujer, fuerte, delicada pero muy marcada por una vida de trabajo y criar chicos.
En las fotos que ví de su juventud, Mabel pudo haber sido más hermosa que Agatha, solo que sin esos ojos celestiales, que los tenía por el lado de su padre, muerto años atrás por una pasión no recíproca por el cigarrillo y el vino barato.
Como si nada se rascó entre las piernas, descuidadamente, casi infantil, como si yo no estuviera observando todo, y rápidamente cambió el tono a uno mucho más dulce y pausado, y comenzó a habar con su hijita.
Esa niña era una “Mini Agatha” en todo, iba a ser muy linda de grande y con un carácter y una decisión impropias de una niña de poco más de 4 años. Sería una complicación para su padre, podía imaginar.
Para salir de la hipnosis (volvía a mirarla y disfrutaba cada movimiento como si recién hubiera Dios inventado a las hembras, y no podía salir de la fascinación de esa criatura), que eran sus dulces y carnosos labios casi rozando el inalámbrico, de sus largas y depiladísimas piernas (trabaja hace años en un centro estético, lo mencioné ya?), tomé sus cigarrillos de la mesa baja, y salí al patio, queriendo despejarme de su encanto, de su abrumadora sexualidad (quizá ella no lo fuera, y no estuviera haciendo nada sexualmente sugestivo, quizá fuera yo el que con esa adicción al sabor de su piel, al olor de su pelo, al intenso gusto de su sexo, siempre lubricado, siempre listo para recibirme y albergarme, todo lo veía como una inequívoca señal de llamado de sirena, para que encalle en sus rocas, choque mi barco y selle mi destino, yaciendo a su lado, respirando su olor, renaciendo en cada orgasmo).
Queriendo retomar un poco el control de la situación, (si es que en algún momento lo tuve) encendí un cigarrillo, en ese momento escucho que corta el teléfono detrás de mí. Silencio. Siento que pasa sus brazos por sobre mis hombros y aplasta sus pechos contra mi espalda...
Cierro los ojos y elevo una plegaria por mi alma, perdida para siempre, en el averno de esa mujer inolvidable.






Parte 3

- No seas mala... -Rogué, dando una profunda pitada.
Ella compraba la misma marca desde siempre, la misma que yo, y teníamos esa hermosa costumbre de dejar los cigarrillos siempre a mano para cuando cualquiera que los requiriese, pudiera fumar sin pedir permiso.
-Mala? Porque te abrazo?.- Rió muy claramente. Se la notaba honesta, calmada y relajada, y sobre todo de muy buen humor.
- No me vas a decir que te molesta ahora que te abrace...- Se burlaba un poco de mí, sabía que lo que me provocaba eran sus pechos, casi al natural, solo separados de mi piel por dos finas capas de ropa, firmes, grandes, desafiantes... recordé claramente la forma, textura y sabor de sus pezones, el dulce aroma de mezcla del olor natural de su piel, con el perfume que usaba, ese aroma inconfundible para mí, que hoy gozaría otro hombre, nuestro neolítico Walter, (que no sé si realmente tendría la capacidad olfativa de diferenciar cuando ella estaba muy sudada, o cuando no usaba el mismo perfume y si lo hacía, debería saber que esa piel, la de sus aureolas, y sobre todo la piel que se encuentra en el valle entre sus pechos, merece una oda al lugar más hermoso y pacífico sobre la tierra) con su evidente falta preparación para apreciarlo.
- Bueno, contame... más allá de aquellos excesivamente gráficos detalles..- fingí interés y cierto desdén en su anterior relato. - Como andan las cosas por acá?.
Continué: - Probaste con algún tipo de “incentivo” para condimentar un poco la cosa en la alcoba?- Minimizando también la gravedad que ella le daba al asunto, claramente intencionado a provocarme.
- Me gané un “chiche” en una despedida de solteras, ni lo quiso ver... él me tiró la onda para hacer un trío, con alguna amiga mía, no creo que le dé el cuero igual - Cuando nombró el juguete y trío, creo que mi corazón empezó a latir más fuerte aún de lo que estaba al sentirla detrás mío, con sus codos sobre mis hombros, seguramente en puntas de pié al ser más baja que yo, y mientras la odiaba en secreto por seguir metiendo imágenes “non santas” en mi mente. Desde atrás, hábilmente me saca el cigarrillo y se lo lleva.
Sentándose en el piso, me invita a acompañarla, bromeando con un clásico en ella...
- Vení tarado, que no te voy a hacer nada. - Da un par de palmadas en el piso. - Vení con mamá...- Hermoso morbo.
Resignado por mi debilidad y muy excitado por lo que estuvo contándome, mostrándome (casi sin querer?) y haberla oído hacer pis a unos metros míos, con la puerta abierta, como si verla orinar o simplemente desnuda era una opción completamente válida y posible, solo debía ponerme de pié y hacerlo. Además de sus senos aplastados en mi espalda... todo eso, más mi inquieta imaginación, con nuestro pasado y mi falta de intimidad con una mujer desde hacía unos meses por haberme separado, hacían que fuera un amigo muy poco confiable para ella en ese momento.
Tomé asiento en el piso, pero frente a ella, para poder estar a un poco de distancia y para poder apreciar la ajustada y reveladora ropa interior rosada que llevaba debajo de ese vestido viejito y ajustado.
Estiré la mano y sin decirlo pedí de vuelta el cigarrillo, e intentando retomar un poco el control de los acontecimientos, comencé a contarle de los últimos tiempos de mi frustrada relación con Marisa (Mi ex, a la que ella se refirió con su burlona pregunta anteriormente), la cual fue mí única en los últimos 2 años y sinceramente no había terminado de la mejor manera.
Sin entrar en tantos detalles como ella lo hizo conmigo momentos antes, y sin ser tan cruelmente gráfico le compartí unas experiencias vividas donde daban una idea del estado de nuestra relación en su final, como para darle un contexto a la ruptura, expresando de alguna manera la desazón emocional que vivíamos y la poca comunicación que llevaba a un final adivinable, en medio de dicho relato, donde yo desnudaba mi alma aún en sufrimiento, ella echando toda la tensión por tierra interrumpió con un casi insensible, auténtico y gracioso...
- Yo te dije que era una frígida de mierda.-
Reímos... fuerte y de verdad... ahí comenzaron a aflorar algunos recuerdos mutuos y graciosos que hicieron continuar las risas hasta llenarnos los ojos de lágrimas. Pasamos por cumpleaños, amigos, familia y volvimos indefectiblemente a hablar de la cama... Que habilidad dialéctica innata tenía para llevarme al territorio que quería.
-En su defensa tengo que decir que es una persona muy “convencional” en cuando al amor, y los antidepresivos, bueno, no la ayudaba en mucho.- Justifiqué.
-Loca y frígida!... Vos te las buscas? - Atacó con tono burlón, intentando claramente burlarse un poco de mí, más que de Marisa... reímos nuevamente y le reproché nunca haber aceptado a ninguna de mis parejas en estos años. Miró al techo y puso una exagerada cara de “No me hagas empezar con tus ex...” como teniendo inmensa cantidad de información como para poder de criticarlas con argumentos.
- Necesito ir al baño, ya vuelvo. - Cortando un poco con la risa, me puse de pié y ella estiró desde el piso sus manos pidiéndome ayudarla a levantar.
- Te quedás un rato más? Pedimos algo? - Ya eran casi las 22 hs y yo estaba famélico.
Acepté con la esperanza que tal vez todo lo sexual que yo había experimentado hasta aquí (su roce, su descuido al dejar ver su privada ropa interior o su desinterés por mostrarme sus pechos) fuera todo un invento nacido en mi exacerbada imaginación y mi necesidad de satisfacción, aumentada por la presencia de ella que tenía la capacidad de hervirme la sangre.
Muchas veces ella había hecho cosas para ponerme en ese estado, como por ejemplo que a veces me preguntaba por mensajes electrónicos al celular, si estaba solo, ya que tenía algo que mostrarme y me mandaba una foto de ella completamente desnuda, frente a un espejo, con la supuesta intención de mostrarme un tatuaje que se había hecho en la panza... o una foto de sus dedos húmedos de haberse tocado y acabado, con la excusa de contarme que se había masturbado pensando en esa película porno que habíamos visto en tal hotel, o una vez que me mandó un extenso audio de ella gimiendo y finalmente llegando al clímax, diciéndome que si no me molestaba que lo compartiera conmigo.
Esas cosas de ella me enloquecían. Mucho.
Intenté sacar las perturbadoras imágenes de mi mente mientras intentaba cerrar la puerta del baño, notando que estaba trabada completamente abierta y no se podía mover (era corrediza) y ahí entendí que (tal vez) ella no estaba siendo provocativa y “buscona” como solía autodenominarse, sino que era un problema técnico con la abertura que no concedería la privacidad necesaria.
-Está rota!. Meá con la puerta abierta si podes.- Dijo en voz alta desde la cocina. Ahí estaba ella otra vez con sus modos de camionera.
Cambiándome leve pero drásticamente el humor, (sin ninguna necesidad de ser vulgar, pero entendiendo que conmigo se sentiría desinhibida y pudiendo hablar como lo haría con sus amigas o con su marido) bajé la cabeza para mí mismo, resignado.
-Querés que la revise?.- Pregunté apuntando el chorro al centro del agua, con la mano izquierda ya apoyada sobre el botón de la pared para dejar correr el agua.
-Y como querés que le explique a mi marido que viniste a casa un viernes a la noche, cuando él no estaba, a arreglar la puerta?.- Me avergoncé de lo cierto de su razonamiento. A veces era inexplicablemente lúcida.
-Además, le vengo rompiendo las bolas que la mire hace un mes... si no se pone, quedará así.- Sentenció.
Acostumbrada ella en su juventud a vivir en condiciones precarias, una puerta en el baño, era considerada un lujo innecesario para Agatha y su familia, y podía tolerar no tener cosas que para muchos serían esenciales, aceptando con mucha naturalidad, situaciones un poco tristes para mí.
Ella dice algo en voz alta que no logro entender cuando dejo correr el agua del baño, le digo que no la pude oír y cuando comenzaba a lavar mis manos sin abrocharme del todo la ropa se asoma al marco de la puerta y mirando mi estado (manos en el agua, pantalones desabrochados y mi pene marcado en el calzoncillo) me repite, -Pizza o empanadas? Te ayudo?.- Ofrece de muy buen humor, con tono socarrón, haciendo el chiste ambiguo que se podía tomar a que se refería me ayudaba con la ropa o con la erección que se podía entrever.
- Pizza comí hoy. Nunca cocinas?.- Me defendí con dureza pero en un tono desafiante que usábamos cariñosamente entre nosotros, atacándonos nuestras debilidades para demostrar aceptación y confianza.
- Cuando tengas uno de estos conmigo...- Dice tocando con su pulgar el anillo en su dedo anular de la mano izquieda y girando sobre sus talones, desapareciendo de mi vista mientras sonaba su frase ya en ausencia.
-De que querés? “Roquefor”?.- Ah! Como me ofuscaba que hablara mal.
A veces me hacía pensar que decía equivocadamente algunas palabras solo con la intención de llevarme a corregirla, ya que no podía (ni puedo hoy en día) tolerar esas cosas.
Llega el delivery a los 20 minutos aproximadamente, ella lo atiende en la puerta, yo pago.
La cena transcurre en total normalidad, cuando noto cierta seriedad en ella... le pregunto si está todo bien, a lo que Agatha responde limpiándose pausadamente la boca con una servilleta y alejando el plato lleno de migas de las empanadas.
-Hace como 20 días me entero por una de las clientas de la “Pelu”, que su vecina andaba con alguien, no? Y sabés quién es su vecina? (imposible para mí saberlo), la paraguaya que antes andaba con Walter hasta que nos juntamos... Te acordas?.- Creí entender que entre los chusmeríos diarios, le llegó la noticia que su marido la engañaba.
-Pero eso no quiere decir...- Traté de bajarle la gravedad al asunto.
- Sí. Eso quiere decir eso. El muy forro se encama con la “paragua” esa de nuevo.-
Le reproché referirse a esa mujer por ese mote, y le recordé que eso hacía referencia a un dispositivo plegable para evitar mojarse, a lo que respondió con una gélida y silenciosa mirada.
Mi instinto de calmar y tratar de conciliar, a veces me metía en esos aprietos cuando terminaba queriendo defender lo indefendible solo para no ver al otro sufrir...
Silencio. Juntamos las cosas y salimos a fumar al patio.
Ahora se evidenciaba claramente que la noche no iba a terminar con nuestros cuerpos barnizados por una fina capa de sudor, entrelazados en las sábanas de su cama o en un desvencijado sillón de su comedor. Entendí que tal vez ella necesitaba verme, pero solo para afianzar la confianza en sí misma, sentirse deseada, olvidar y contar, solo eso.
Tal vez el hijo, sí necesitaba el libro, pero ella necesitaba más un oído amigo, y una mirada lasciva para despejarse un poco de la realidad cotidiana, sentirse respetada y que alguien de afuera le dijera lo que quería oír y no lo que era claro que pasaba. Su matrimonio, humilde y sagrada unión de dos personas afines (pero con mucho menos afinidad que nosotros), se estaba acabando, o estaba acabado.
Quizá quería usarme como pala para echar tierra sobre sus restos y ayudarla a avanzar.
Uno junto al otro, mirando las plantas de la vecina que avanzaban sobre su espacio, ahí sin saber que decir para hacerla sentir mejor, o menos peor, la rodee con mi brazo izquierdo y ella instintivamente apoyó su cabeza sobre mi hombro.
-Vamos a la cama?.- No noté ni un atisbo de sensualidad en su pregunta... Realmente mi amiga de tantos años, compañera de aventuras, desventuras y pasión, no me necesitaba como macho-amante, sino como amigo. Ahí estaría.
Aunque la idea de besarla por todos lados, devorar su sexo como me gustaba hacer, sentirla retorcerse de placer y verla mirar como la penetraba desde atrás, sobre cualquier cosa que refleje su imagen, se iba desdibujando (afortunadamente), no puedo decir que se había extinto del todo, y nos acostamos, vestidos sobre su cama aún cerrada.
Ambos mirábamos el techo, relajados, en silencio, disfrutando de la compañía mutua, así como estábamos en la patio de su casa, ella dentro de mi abrazo protector.
- Me tengo que bañar.- Dije viendo que se acomodaba tiernamente sobre mi axila.
-Aguantá un poco... quedate un ratito así y después nos bañamos.-
Me generó mucha dulzura que ella quisiera quedarse así conmigo, que necesitara mi contacto... solo mi presencia... pero el “nos” me hizo sentir como un edificio de 100 pisos, siendo sometido a un evento 7.5 en la escala Richter.




Parte 4

Reí con esfuerzo de su comentario, y nuevamente su contacto (esta vez sobre mi costado) y el aroma de su pelo, a almuerzo, a productos de limpieza, a salón femenino y flores, volvieron a despertarme una ya familiar reacción física, y mi cuerpo de alguna manera se declaraba alistado para desarrollar la performance que intuía acontecería en una cama, con esa mujer como tantas otras veces.
Volví a la vieja treta de aprovechar el sacar el celular del bolsillo para acomodarlo a su crecimiento, cuando ella me mira por entre sus pelos llovidos, sobre un lado de su cara y gira sobre sí misma hasta quedar casi encima mío y estirarse por sobre mí, y quitarme no muy amablemente el teléfono de la mano.
Suavemente lo deja sobre la mesa de luz, y se estira para seguir acostada a mi lado, pero queriendo llegar al último cajón de la dicha mesa, donde rápidamente saca algo y me lo entrega sin mirarme.
En inglés leo rápidamente la descripción del producto, pero la foto es lo suficientemente ilustrativa como para no requerir demasiada explicación. “Consolador Anal”.
Al estar cerrado en su caja y con el nylon aún intacto, estaba seguro que no había sido estrenado, y me dio gracia porque ahora todo su relato de hace un rato atrás, parecía un simple preludio para llegar a este momento.
Todo cerraba, si es que ella lo había planeado como una de esas películas donde los ladrones para robar un banco imaginan cada paso, acción y reacción de cada uno de los implicados en el asunto y tienen un plan de contingencia para cada caso.
Suelto un silbido, para demostrar admiración y le devuelvo la caja, al momento que le digo.
- Estás segura que es de tu “talle”? Dice “large” que significa...- me interrumpe con un golpe de la mencionada la caja sobre mi pecho.
- Ya sé que significa “@&#°”(un insulto familiar en guaraný que no puedo deletrear). Es “grande”. Había “esmol”, (me pareció como sí fuera en joda el tamaño) y había este grande. Como era un premio, tampoco me podía quejar.-
Nuevamente entregado a mi suerte y con la certeza de que ella iba a hacer conmigo lo que quisiera, y solo lamentando que Walter me caía relativamente bien, (excepto por ser hincha de River), y pensé que eso de que fuera rival natural del Club de le Rivera, era una buena razón que “casi casi” justificaba lo que seguramente le iba a hacer a su mujer...
Pero no! al instante la idea no me convenció. Estaba buscando justificativos para hacer algo que no era justo, honesto y ético hacer.
“Nunca hagas a otro lo que no te gusta que te hagan”, me habían enseñado de chico. Y esto cuadraba bastante con ese principio.
No me gustaría que un hombre se acueste con mi mujer, por más mal que vengan las cosas, quisiera que mi adversario, tuviera dignidad y se retirara, dando lugar a que yo arregle el asunto primero con mi pareja.
Pero seamos sinceros, quién puede evitar ciertas cosas? Quién tiene la fuerza de voluntad de no darle todo el placer posible a una persona que estimas mucho y que además te gusta?
Por ahora me sentía como bajando una barranca, a toda velocidad en un sidecar de una moto piloteada por Agatha y sin ningún atisbo que ella me dejara retomar el control.
- Querés saber si me entra? Date vuelta y pruebo primero con vos...- Me desafió. (Agatha tenía un raro fetiche por someterme, y lo hubiera hecho si pudiera) Conocía su gusto por el placer prohibido que le provocaba su cola cuando se prestaba a juegos de ese tipo.
- Vamos viendo...- Bromeé mientras ella rasgaba el nylon que recubría la caja del “chiche”.
- En serio lo vas a abrir? Que le vas a decir a tu marido? Que lo usaste sola?.- Pregunté preocupado realmente por las consecuencias de ese simple acto.
- “Vamos viendo”.- Respondió burlona tratando de imitar mi dicción y tono de voz.

...

Sacó de la caja el brillante implemento, lo admiró, dándole vueltas y me pareció un poco más grande de lo que debiera para que su colita pueda albergar, y al final lo besó apenas con la punta de los labios y me lo pasó.
Lo tomé con cierto respeto y lo noté muy frío, pero aún así excitante... sabiendo donde podía descansar de un momento a otro (y conociéndola a ella y mi fanatismo por ese tipo de prácticas sexuales no tan convencionales), me entregué al disfrute.
Seguía molestándome en un rincón muy lejano de mi mente la situación y saber que estaba por hacer cosas inmorales con la esposa de una persona que conocía.
Pero yo la conocía a ella desde muchos años antes. Dudaba de mí. Me molestaba, pero era una voz muy disfónica en medio de una tormenta de gritos de aliento a seguir y complacerla.
Se levantó de la cama con una agilidad sorprendente, pasó frente a la puerta que da a la calle y verificó que estuviese bien cerrada (después que despedí al delivery de las empanadas), apagó la luz de la cocina y volvió a entrar en mi campo de visión al pasar hacia el baño, donde de manera fugaz, otra vez, con una naturalidad bellísima, se fue bajando la bombacha sin dejar de caminar.
La dejé hacer en privado lo que sabía estaba haciendo, muy necesaria y honesta tarea antes de embarcarnos en la exploración de su tan deseada cavidad, seguramente, limpiando todo para que el juego y el disfrute sea lo más pulcro posible.
La oí… Seguí en silencio. No me pareció correcto decir nada, ni preguntar ni mucho menos bromear en ese momento, por respeto y por una cuestión de autoconservación, ya que mí Agatha podía ser muy efervescente si se enojaba por una burla fuera de lugar.
La cabeza no paraba de darme vueltas con mil ideas, ante todo, lo mal que estaba lo que iba a pasar y después (una mucho más creciente y clara), otra era lo bueno que estaba por pasar... y finalmente era que no tenía preservativos conmigo.
Cosa que podía complicar todo, ya que si yo no estaba preparado para aquello, ella podía no estarlo y el ambiente iba a cambiar radicalmente si teníamos que salir hasta la estación de servicio a comprar una caja de condones, con lo avanzado de la charla... dándome la chance de juntar fuerzas sobrehumanas y huir de sus extremadamente excitantes planes para aquella noche.
- Vas a mirar o vas a ayudar?.- Me dijo casi ronroneándo, con voz sensual, pero decidida, habiendo vuelto a la cama.
- Me vas a matar. No tengo forros! La verdad?, nunca pensé...-
- Sos boludo, sabés? - Dijo cortante. -Tengo acá.- Siempre me interrumpía. Era poco menos que mi némesis.
Sospecho que su paciencia hacia mis prolongados preámbulos discursivos, estaba agotada, y había ensayado ese intercambio nuestro en su imaginación varias veces. Ese y muchos otros escenarios que yo no puedo ni comenzar a contemplar.
Volvió a abrir la mesa de luz, pero esta vez, del cajón superior sacó una caja grande apenas empezada, me la entregó, al tiempo que me contaba que desde que había nacido la nena, no habían tenido sexo sin protección (cosa que no sé porqué exactamente), me alegró un poco.
Al tiempo que me confesaba que no tenían mucho sexo, que a su marido le gustaba como a todos (pero no tanto como a nosotros), y que él se auto satisfacía en la ducha o en el baño, sin dejarla a ella participar, cosa que la frustraba y confundía.
Ella era experta en la auto satisfacción, se conocía como nadie y nos había pasado muchísimas veces que si yo no podía hacerla acabar (cosa que yo buscaba con desenfreno) ella le dedicaba unos segundos y con sus dedos de la mano derecha, terminaba el trabajo por mí, cosa que me agradaba y tranquilizaba, porque sinceramente quería siempre que ella quedara satisfecha. Y verla “cartigarse” de esa manera, girando sus ojos hacia arriba, era un espectáculo imperdible.
- Dame un beso.- Me dijo al momento que me tomaba de la mano, yo completamente vestido, me arrodillé en la cama, esa cama donde ellos consumarían su santo matrimonio, yo estaba por manchar su honradez para siempre. Me saqué la remera, y las medias.
Tomó mi cabeza por detrás y me besó con muchísima tranquilidad y pasión. Ella parada junto a la cama y yo sentado sobre mis piernas flexionadas ardiendo de necesidad de darle placer a esta diosa, y cada cosa que hacía y decía, me llevaban más al límite... incluso lo de hacer “del 2” para que nuestra experiencia sea más placentera y prolija.
Cuando aceleré el ritmo de mis besos bajando por su cuello, tocando su seno con mi mano, busqué su panza, dibujé su tatuaje (de memoria) sobre el vestido, perdiéndome en la lujuria, cuando me frenó muy calmadamente, mirándome a los ojos con ternura y dijo - Tranquilo... hay tiempo... “hay más tiempo que vida”.-
Esta vez fue ella la que se puso poética. Como lograba descolocarme a veces.
Y yo me sentí algo tonto, como inexperto en sus manos, pero era cierto que ella me ponía como una moto, y a veces mi intelecto no podía dominar mis instintos.
Se soltó de mis manos y se arrodilló en la cama también, pero dándome la espalda, lentamente, de nuevo regalándome la posibilidad de admirarla en “slow motion”, de gozar cada milímetro que se moviera, tan felina, tan segura.
Una vez estuvo arrodillada frente a mí, me repitió las palabras (Las más eróticas que una mujer puede decir en un momento como ese), mientras se agachaba me mostraba toda su intimidad, todo su sexo, húmedo y brilloso por sus jugos, y se agachaba para poder verse mejor en el espejo que había contra una de las puertas del placard.
- Ahora sí, dame un beso...- Refiriéndose a que comiera y bebiera de su sexo, su cola y todo lo que yo quisiera, porque ella gozaba viéndome comerla, viéndome gozarla y viéndome acabarla y morir a sus pies.
Comencé a besarle sus glúteos, firmes, suaves, tibios y tan familiares... su piel se erizó, como lo debe haber hecho la de todo su cuerpo, el momento que dejó escapar un suspiro.
Pasé de uno al otro, sin rozar nada en el medio, aunque detuve varias veces mis labios sobre sus claramente mojados pliegues, para respirarles encima y aumentar su deseo. Comencé de lamer en círculos sobre sus grandes posaderas, yendo y viniendo, esforzándome hasta límites insospechados para no atacar su centro y sumergirme en los irresistibles jugos de su femineidad.
Continué con mi sutil tarea, de besar y lamer, ella y yo en cuatro patas, uno detrás de la otra, y cada tanto me sorprendía al ver sus ojos clavados en los míos a través del espejo o de alguna otra superficie reflectante que le ofreciera la posibilidad de ver la escena.
Cuando mis círculos se cerraron sobre su apretado orificio me demoré unos segundos para gozar nuevamente el sabor de su piel, del lugar más prohibido, privado y posiblemente menos higiénico para besar.
Me sorprendió que al contacto de mi lengua con su aro de rica y rugosa piel, ella con su mano se estirara y llegara a tomarme de una oreja, un poco violentamente, para guiar el mando de mi cabeza y mi lengua, y obligarme a lamerla lo más a fondo que pudiera, demostrando ella una prisa y necesidad, pocas veces observado en su comportamiento.
Claramente el sexo anal, era algo que estaba requiriendo y extrañando con desesperación, y ahí estaba yo, con mi miembro ya lubricadísimo de su propio jugo, queriendo romper el pantalón que lo mantenía prisionero y buscando salir a escena lo antes posible, un caballero andante, a punto de darle gozo a esta hembra imparable e insaciable, que casi sin dejarme respirar dirigía mis lamidas, para adentro y afuera, arriba y abajo con fuerza, casi agonizante de la espera, cuando por fin me libera la adolorida oreja, me suplica
- Metemeló ahora! Todo.- Con voz agitada y ronca...
Me tomó por sorpresa el pedido, el ruego, primero pensé que se refería a mi pene y busqué instintivamente los preservativos que me había alcanzado minutos antes y no los pude encontrar rápidamente, pero ahí entendí que ella se refería al consolador y no a mí.
Este brillante aparato (de diferente forma y dimensiones que mi miembro), parecía mucho más preparado para dar placer a esa zona, y seguramente ella estaba esperando ser abierta por ese juguete (de la mano de un servidor), y no aceptaría otra cosa a cambio.
Lo tomé con impaciencia, lo apreté en mis manos para calentarlo, disfrutando de lo poco que me permitía ese torbellino de estímulos visuales, táctiles, olfativos y de sabor. Se lo apoyé el surco de su ya lista y lustrosa vagina ya empapada de mis lamidas y su abundante lubricación, y lo deslicé y giré subiendo y bajando, mojándolo y preparándolo para su glorioso viaje inaugural a las cálidas y prohibidas costas de la cola golosa de mi amiga querida.
Apoyé el espejado dispositivo sobre su agujero deseado, el cual parecía palpitar con su respiración y por momentos, daba la impresión que iba a abrirse y tragárselo todo de una vez. Comencé a jugar con un movimiento circular y acompañándolo de rítmicas empujadas.
Vi en el espejo que ella estaba con los ojos cerrados y tratando de controlar la respiración, concentrada en lo que pasaba con su huequito, tratando de disfrutarlo, pero sabiendo que no era tarea fácil recibir este aparato tamaño “large” y pensaría tal vez, que había subestimado su tamaño o sobre estimado su capacidad de dilatación.
Menos de un minuto de preparación y suaves empujadas, y lo había albergado por completo. Wow! Pensé. Felicitaciones para mi amiga. Eso no era nada, descubriría más luego.
Sin poder dar crédito a lo que veía, su inmensa capacidad de placer y confianza en sí misma, bajó uno de los hombros de su vestido y comenzó a masajear sus pechos con una de sus manos, una belleza que me enloquecía, y atiné a quitarme la ropa que quedaba.
Casi como si yo no existiera y estuviera sola con su invasor amigo ocupándole el orificio postergado u olvidado, y forzando al máximo su capacidad de apertura apoyó la cara contra la cama para librear la otra mano y poder acariciar con fuerza su clítoris sin dejar de tocar, apretar, pellizcar y mojar los pezones y gemir como si no importara nada más en el mundo que el placer de sentirse totalmente llena y completa.
Tomaba velocidad y frenaba, iba más lento, metía los dedos, (primero uno, inmediatamente sumo uno más y el tercero pareció alcanzar el ancho que necesitaba para estar satisfecha) los saboreaba y los volvía a pasar por su ya empapadísima “rajita” como ella a veces la llamaba, con un orden inespecífico que no llegaba a comprender (hubiese deseado aprenderlo de memoria para su placer) y a pensar de mis irrefrenables deseos de poseerla, ella sola daba un show que no me quería perder ni un segundo.
En eso estábamos, (ella se movía, acariciaba y tocaba, llena en la inmensidad de su cola, y yo hipnotizado con sus espasmos y gemidos) cuando escuchamos un ruido en la cocina, como un golpe o algo que se cayó.
Me alarmé mucho más que ella, que estaba en un universo paralelo que lo único que le importaba era el placer y ser un objeto de deseo y adoración, cuando lo único que se escuchaba era su pesada respiración y los pequeños chasquidos que hacía su mojada mano al entrar y salir con fuerza y velocidad de su interior.
Me detuve un segundo de mirarla y tocarme lentamente, para prestar atención a lo que pasaba en la cocina. Tuve la certeza que algo se movía o golpeaba.
Con un rápido movimiento salté de la cama y caminé fuera del cuarto, escuchando, mirando, como un desnudo y asustado ninja, en actitud de esperar un oculto asesino a punto de sorprenderme y mi vida dependiera de mis reflejos para esquivarlo.
Escuché que Agatha me llamaba, en un hilo de voz, pero sin dejar de darse placer, posiblemente yo la estuviera distrayendo y necesitara toda su concentración para acabar su tarea y llegar a un merecidísimo clímax final.
Algo llamó mi atención bajo una silla, y era un pequeño celular con la pantalla iluminada.
Seguramente por estar en vibrador se había caído de la mesa y golpeado en una silla, siendo ese el ruido que me quitó del espectáculo más erótico que había vivido en mis últimos meses.
Lo tomé con mi mano izquierda, ya que con la derecha, al pasar el “peligro” volví a tocarme y masajearme para volver a estar listo, cuando ella lo necesitara, por donde ella lo necesitara.
En la pantalla se veía que decía “07 llamadas perdidas”, “09 mensajes nuevos” y otras notificaciones que no distinguí por no estar familiarizado con el sistema operativo de ese teléfono.
Alcancé a oír un profundo suspiro, mientras admiraba la diminuta pantalla y pensaba en las posibles consecuencias de ello.
Volví al cuarto y me dí cuenta que me había perdido lo que más quería ver en ese momento, que era verla acabando.
Estaba boca abajo en la cama, con el culito para arriba, y la parte plana del “chiche” apuntando al techo. Respiraba con la boca abierta y tenía los pelos todos revueltos sobre su rostro, el vestidito subido hasta la cintura y un hombro bajo.
Los dedos de los pies aún un poco separados por los espasmos y sus manos se movían como electrificadas esporádicamente... si hubiera podido, esa imagen merecía una foto para la eternidad de mis noches.
Con cara de aliviada, saciada y cansada, me preguntó - Que pasó? Sonó?.- Mirando su teléfono en mi mano.
- Está en vibrador. Te llegaron muchos mensajes y llamadas. Mirá.- Le ofrecí el aparato.
- Ayudame a sacar esto.- Pidió como agotada, mirando por sobre su hombro. Cuando dí la vuelta y tomé el dildo con mi mano para girarlo y sacarlo lentamente se sobresaltó! Lo solté temiendo hacerle daño, pero su sobresalto provenía de lo que leía con el ceño fruncido en el display del móvil.
- Es Walter, no fueron a pescar!.- Se me heló la sangre.











Parte 5

Preocupada por los mensajes del correo que voz que escuchaba en su oído y yo no llegaba a entender (y porque, por razones anatómicas, su cuerpo se había puesto en un estado que no permitía quitar el juguete sexual de su colita), pasó a explicarme, en un estado mucho más preocupado pero segura, que el que yo estaba.
- La crecida dejó la isla casi sin muelle. Tuvieron miedo que si llovía mañana, no los pudieran ir a buscar. Llegaron a Tigre, y se volvieron. Este boludo (no solo a mí se refería con cariño de esa manera) llamó y como no lo atendí, se fue a cenar con los amigos. Me llamó para venir a bañarse y dejar las cosas y como no se llevó las llaves, se fue directamente... que mala leche... que orto tuvimos...-
Dijo de un tirón, muy rápidamente como hablaba con su madre, casi sin respirar ni hacer las pausas necesarias para la puntuación que yo usé para escribirlo.
- Me voy! (Dije) Esperá! (Me detuve, recapacitando) Saquemos eso de ahí! .-
Confundido y claramente asustado... quería ayudarla, irme y no haber estado nunca... y no terminaba de entender si el marido estaba afuera, viniendo o no volvería hasta mañana...
- Agarrá el lubricante del cajón.- Señalando la misma y conocida mesa de luz que aparentemente era la suya.
Había una foto de Agatha con sus hijos, relativamente reciente y una de ella a los 15 años según recuerdo. Su marido, por ningún lado por suerte, para ver este controvertido show de amistad y deseo.
Lubricante, paciencia y una exitación de quinceañero, un poco confuso pero inmejorable.
La secuencia de los mensajes fue algo así, según fui armando con su relato y mi criterio del tiempo transcurrido.
Cuando yo le escribí que estaba a 3 minutos, y pensando que ella no vería el teléfono por los próximos 10, conduje a un ritmo relajado, pero ella leyó inmediatamente mi mensaje y 2 minutos después estaba en la vereda, encendiendo un cigarrillo, ya moderadamente excitada por la posibilidad de darle por fin uso a su despreciado premio, y queriendo también sirviera como una secreta lección para el imbécil de su marido, que ella sabía muy dentro de ella, como solo pueden hacer las mujeres, la había cambiado por una joven, flaca, no muy agraciada y regalada representante de la amplia comunidad de la República del Paraguay en nuestro País.
En el momento que salió a esperarme, previamente quitándose el corpiño (poniéndolo a lavar, como buen ama de casa) salió a mi encuentro, dejando el teléfono sobre la mesa de la cocina y ahí lo olvidó, al momento que su marido le comunicaba sin mucha gracia y habilidad (con muchas menos palabras de las que yo usaría) que la excursión de pesca se había suspendido por condiciones climáticas adversas, y casi inmediatamente le volvería a escribir porque no tenía en su poder las llaves de su casa donde quería dejar sus pertrechos y preparase para salir con sus amigos y no perderse la noche de diversión por demás planeada con sus compañeros.
En el preciso momento que ella apoyó la bandeja sobre la mesa mostrándome “accidentalmente” sus pechos sueltos, tan hermosos y formados como siempre (aún después de sus 2 niños), llegó un tercer mensaje, el cual decía que si no le contestaba, no iba a ir a su casa a bañarse, pero quería saber donde andaba, (como todo hombre con la poca capacidad para apreciar una gran mujer, respetarla y serle fiel, tampoco tenía la capacidad para aceptar la posibilidad de que él no estuviera a la altura de darle todo lo que ella necesitaba), y no quería perder de vista a su mujer, y darle chance de ver cosas en otros que él no diera la altura y sentirse atraída y por fin perderla.
Él sabía que en la cama las cosas no estaban bien, por eso, si no podía conformarla, por lo menos quería evitar que ella buscara fuera lo que no podía adentro de su casa. Fiel reflejo del perro del Hortelano.
Los demás mensajes fueron subiendo de nivel y pérdida de paciencia hasta agresividad por no responder y un par de llamadas perdidas, una avisando que estaba yendo, con la intención de esperarla si no estaba, para poder armar un poco de escándalo, y quitarse la frustración del viaje truncado.
En el exacto momento que ella se quitaba la bombacha camino al baño, para limpiar su esfínter y lograr una limpia y prolongada experiencia anal con su amigo (O sea, yo, su humilde interlocutor), “Wally” estuvo a 11 metros de llegar a la puerta de su casa (probar que había quedado mal cerrada por mí aunque ella la hubo revisado antes de apagar la luz de la cocina, y podría entrar igual), él recibió un llamado de sus amigos confirmándole la noticia que Walter estuvo esperando desde que hablaron de ir a esa “boite” y cabía la posibilidad de encontrar casualmente allí a Mirta, la ex, que tanto lo buscaba desde que Wally se casó con Agatha y no lograba ella comprender como él se conformaba con esa peluquera, gordita y altanera, que usaba palabras como “lógicamente” “exacto” u “obvio”, cosas que había adquirido tal vez de mí, sin proponérselo. Para el marido de mi amiga, esa llamada lo era todo esa noche. Ella estaría esperándolo. El iría por su premio.
Walter leyó más de una vez el mensaje. Rotundo. Mirta (La Paraguaya, como muchos la conocían) estaría esa noche en el boliche.
Por fin una buena, pesó el marido, mientras su impaciencia se desvanecía y convertía en ansiedad de a poco, en la vereda.
Miró a su alrededor a ver si había algún vecino que note su comportamiento extraño y sabiendo que estaba por hacer algo reprochable, giró sobre sus talones y volvió a la parada del colectivo. Por 11 metros no llegó a enterarse de nada. Y afortunadamente para un servidor, no notó mi auto estacionado en la vereda de enfrente de su casa.
Extasiado con la posibilidad primero de desquitarse con su mujer su rabia por no poder pescar y después por no haber ella respondido ninguno de sus mensajes ni llamados.
Y luego, por enterarse que esa noche concretaría lo que venía planeando hacer desde hacía tiempo, que paradógicamente y contra la presunción de Agatha, él no había concretado.
...
Aplicando lubricante y girando el artefacto para liberarlo de la preocupada, invadida y satisfecha madre que permanecía con su cola al aire, yo no podía dejar de fascinarme con la escena.
Los nervios le jugaron una mala pasada y cuando tuve en mi poder el consolador recién estrenado, ella tuvo que salir corriendo al baño apretando con su mano el sobreexigido orificio y por poco no provoca un enchaste de grandes proporciones.
Llegó a sentarse justo a tiempo. La situación, el apuro y el ruido a su descarga a pocos metros de ahí (por más morbo que a uno pudiera provocarle) y esa hembra, oliendo a establo, a sexo y sudor, teniéndose el culito para no desgraciarse frente a mi ni en su cama, era hilarante.
Debe haberme escuchado reír, porque desde el baño junto con el ruido del agua corriendo llegué a oír.
- No te rías pedazo de pelotudo.- A lo cual no pude contener una gran carcajada y ella también rió desde el baño. Salió a los pocos instantes, con un indisimulable esfuerzo al caminar.
- Y ahora?.- Aclaró su voz. - No te vas a quedar así.- Dijo apuntando a mi entrepierna con su nariz y levantando las cejas como solía hacer.
Que hermosa era... que fresca su risa, que poderosamente irresistible su empatía sexual y el aroma de su sexo... Sentado yo en la cama y ella con el vestido ya arreglado frente a mí, nos reímos un poco más por la situación y yo me deslicé hasta el piso para quedar arrodillado frente a ella, mirando hacia arriba... su cara y su púlcramente depilado pubis... nuevamente su cara al tiempo que pregunté - Seguro que no viene?.... Muero de ganas por comértela.-
A lo que ella respondió, sin palabras, poniendo lenta y sensualmente una de sus piernas sobre la cama a mi espalda.
Volví a repetir mi inimaginablemente ardua rutina de paciente y experto besador, disimulando mi ansiedad sobrecargada de eventos esta noche. Sabía que mientras más lento, mejor para ella. Mientras mejor para ella, mejor para mí.
Besé el interior de sus muslos... descendí hasta la parte interna de sus rodillas y subí hasta casi llegar (pero sin llegar) a su sexo... una y otra vez, primero besos, luego con la punta de la lengua y después los intercalé. Su aroma me desordenaba las ideas, me elevaba a un plano superior... diría que estar tan cerca de su cueva, era la experiencia más parecido a lo religioso.
Cuando comencé a probar sus labios, separarlos cuidadosamente con mis besos, lengua y luego dedos, ella largó nuevamente un suspiro prolongado, tensionó su cuerpo y tiró su cabeza para atrás.
Aparentemente, el sexo oral, era otra cosa que ella añoraba y necesitaba. Se veía en su rostro que no estaba consiguiendo encontrar en su lecho marital.
Sin poder resistir su fetiche de verse, volvía a bajar la cabeza, miraba hacia la televisión apagada que devolvía un opaco reflejo de la situación y el espejo tan necesario, quedaba fuera del rango de visión.
Tomé sus glúteos en mis manos para apretar su rajita contra mí y poder devorarla como quería, sin dar espacio a que quede un milímetro de su tibia y húmeda piel fuera de mi alcance. Masajee su generosa posadera y con un dedo volví circular la la zona irresistible para mí. Mi dedo entró ya sin dificultad en su ya consagrada cola y ella aceleró la respiración, tomó mis pelos apretándome también contra su interior, nuevamente dificultando mi respiración, y arqueando la espalda para atrás... en menos de 3 minutos de mi más plena atención lingüística a sus zonas herógenas, se acabó nuevamente con una abundante cantidad de deliciosa y afrodisíaca secreción vaginal.
Por poco sus pierdas ceden a su peso y cae sobre mí. Volvió a estremecerse y con sus pocas energías atinó a abrir la caja de preservativos.
Quería dejar todo en ese momento y su sentido de culpa o responsabilidad acerca de mi bienestar sexual, (una especie de instinto de conservación de la especie y no pasar por alto lo que el hombre a sus pies estaba necesitando), sacó hábilmente uno y lo abrió en un solo movimiento con los dientes.
Apoyó ambos pies a cada lado y yo sentado en el piso con mi espalda apoyada en su cama y mi boca con su más intenso sabor y mi cola fría contra las cerámicas, me dejé atender.
Se agachó sin flexionar las rodillas y me colocó el preservativo con habilidad y delicadeza pero ya con claros signos de agotamiento físico.
Desde arriba me miró y besó. Sonrió, con expresión de conquista, de logro y merecido final, coronando una noche diferente pero familiar.
Cuando lo hubo colocado se dejó caer prácticamente y sin preocuparse mucho por la trayectoria, quedó sentada sobre mí, penetrada completamente por mí ya pétreo miembro que rogaba por un poco de atención esa noche.
La fuerza de su bajada hizo que diera un saltito al llegar mi aparato todo lo profundo en su interior y sus ojos expresaron como una inyección de nuevas fuerzas.
Para ese entonces con dos movimientos de su caderas estuve a punto soltarme y terminar en su interior, tal era la cantidad de estimulación a mis sentidos en toda esa previa... la accidentada performance con el dildo y su sublime clímax en mis manos, labios y cara.
Hice un ejercicio ya conocido por mí para contener un poco la necesidad de llenar sus cavidades con mi jugo, y al estar ella cansada (y un tanto distraída por todo los eventos que fueron de su conocimiento cuando encontramos el celular en el piso), su ritmo sobre mi miembro (ya suplicante por dejarlo expulsar todo su contenido de una vez), se hizo más irregular y facilitó mi trabajo de someterme a la necesaria espera y dejarla demostrar su cariño hacia mí y mi placer.
Juntando fuerzas, puso sus manos en mis hombros y se desenchufó de mí, me tendió las manos y pidiendo me levante, y alegando estar agotada “de tanto culiar”, según su tan refinada terminología contemporánea, me pidió sentarme sobre la cama.
Respondí al instante, agradeciendo a mis adentros esta distracción, sino hubiera terminado ya unos minutos antes con su vaivén tan placentero.
Una vez sentado sobre la cama y esperando sus próximas órdenes, empujó mis pectorales con simulada determinación de sodomiza entrenada, para hacerme acostar y otra vez con su ritmo felino y sensual, se arrodilló ante mí.
Sin dejar de mirarme a los ojos con mirada desafiante, su mano derecha tomó mi miembro y tiró hacia arriba, sacando el profiláctico en el acto con un sonido a látigo de latex. Acarició mis piernas y en ese instante dejé caer mi cabeza hacia atrás quedando totalmente acostado en su cama, con los pies sobre el piso. Desee tuviera ella un espejo en el techo para poder usar uno más de mis sentidos y apreciar su accionar de exquisita calidad.
Se tomó su tiempo, como imitando o devolviendo el favor (o de alguna manera haciéndome sufrir la ansiedad que ella sufrió conmigo un rato antes) alargó todo lo posible, todas sus acciones.
Comenzó a besarlo sin utilizar las manos, se lo acomodó de un lado y del otro y lo fue devorando lentamente, muy lentamente hasta completarlo todo. Una vez mi miembro yacía en su totalidad en su boca, sacó su lengua y comenzó a lamer mis testículos, con mucha habilidad, cosa que ya conocía en su repertorio y ella me sabía fanático. Era la gloria.
Apenas la sacó de su boca la tomó con su mano derecha y comenzó a subir y bajar, eyecté un fuerte y cargado chorro de semen que fue a parar a mi panza, mi pierna y su mano, la cual siguió masajeándolo verticalmente hasta que mi respiración se normalizó.
Agradecí a los cielos por esa hembra tan atenta y agradecida. En cuando pude levantar la cabeza y verla a los ojos, sudada, despeinada y con los labios brillosos de toda la saliva que utilizó para barnizar mi falo, nos reímos con complicidad, sonó el timbre.


















Parte 6.

Todo el agradecimiento por su dedicación y tierna atención, se desvaneció al reaccionar bruscamente y casi sentarla accidentalmente en el piso, mi cara de pánico sería evidente ya que mientras juntaba mi ropa me dijo con forzada calma y firmeza utilizando una voz de madre.
- Bajá...- haciendo un gesto con la palma de su mano como oprimiendo un pedal de freno de un auto imaginario.
- Estamos en un brete, no debíamos.- Dije recogiendo una de mis zapatillas, sin poder encontrar la otra., cuando me volvió a interrumpir (Siempre me interrumpía, que mala costumbre, empezaba a asomar esa oculta y extensa lista de razones por la que nunca duramos juntos) con su índice cruzando su boca, cual enfermera carente de paciencia.
- Esperá acá... Debe ser alguien para joder... y no hablés así que parecés un viejo de 70 años.-
Se acomodó el vestido, cubrió su sudado e imponente cuerpo lo mejor que pudo con ese hermoso vestido que más no podía hacer por envolverla, y se dirigió a la cocina. Con una servilleta limpió su mano, su boca y secó entre medio de sus pechos y acomodó sus pelos, mientras yo observaba la situación como si ella estuviera intentando desarmar un dispositivo explosivo de máxima complejidad.
Oigo la puerta abrirse y unas voces apagadas y la veo aparecer nuevamente, donde mi preocupación aumentó indescriptiblemente al escucharla decir a un interlocutor a sus espaldas y sin oír la puerta cerrarse.- Pasá! No pasa nada, ya lo conocés creo...-
Yo a medio vestir, realmente preocupado por mi seguridad personal, sabiendo que si su estimado marido apareciera por la puerta (recordando que él no tenía llaves de su casa) tendríamos un espectáculo realmente desagradable, ya que ellos son de ese tipo de gente que no se preocupan por el “qué dirán” y son de alzar la voz y maldecir todo lo posible...
Veo aparecer detrás de Agatha a “La Tana” (No recuerdo su nombre, pero todos la conocían así en el salón de belleza donde trabajaban) una muchacha más joven que nosotros, bajita y regordeta, bonita, sobre arreglada y con una sonrisa que nunca se iba totalmente de su carnosa boca.
Miré el teléfono, sorprendido por el horario de esa visita y recordé que alguno de los mensajes del teléfono accidentado que leí, provenían de ella “Tana” según recordé leer.
Se acercó a la puerta del cuarto a saludarme, donde yo aún petrificado me asomaba sin saber cómo reaccionar, mientras la anfitriona sin preocuparse por tenerme a mí a medio vestir en su habitación y a su amiga, se dirigió a la cocina a repetir el familiar ritual de prender la hornalla y llenar con agua la pava para el mate.
“La Tana” me saludó con afecto, y aprovechó en la acción de ponerse de puntas de pié y darme un beso en la mejilla, para mirar dentro del cuarto, notando seguramente la cama desarmada, los preservativos sobre la mesa de luz, y posiblemente el dildo victorioso y brillante como un faro desde la otra mesa junto al lecho. Imposible para mi, sería disimular el olor a sexo de ambos en mis manos y boca.
Con voz chillona y por demás apresurada contaba a su amiga a la velocidad que solo dos mujeres pueden conversar sin tener en cuenta modismos y formas.
Haciendo caso omiso a mi presencia en el otro sillón (Ellas compartían uno, desde donde yo lograba ver apenas la entrepierna de Ágatha asomando solo para mí, volviéndo de a poco a despertarme algo adentro) pero incómodo por la cantidad de cosas que decían en tan poco tiempo, por hablar de gente a la que yo no conocía y ninguna intentando siquiera participarme de la charla sin ponerle en tiempo y espacio. Yo no existía y un poco me aliviaba que no sea un tema lo que acaba de pasar a pocos pasos de ahí.
La visita estaba en una especie de crisis de nervios, existencial y amorosa, donde la persona que ella esperaba pasara a buscarla para darle una cierta atención que ella estaba necesitando y esperando de dicha persona (Christian, Cristian o Christián, no recuerdo) no apareció.
Ahí conocí la neología del término “Ghostear” o desaparecer como un fantasma y perder contacto con una persona sin mediar explicaciones. Ella estaba alterada y Agatha parecía entenderla y querer transmitirle calma, sin perder el humor, pidiéndole que no le diera tanta importancia porque este individuo de dudosas habilidades sociales, no parecía merecer su atención. Repetía mucho lo de “Te tenes que divertir”...
En un principio no entendí a lo que se refería, pero evidentemente era algo que ellas sí podían compartir y un par de veces, mientras sin disimular mi aburrimiento y cansancio, jugaba con mi aparato de telefonía celular móvil, notaba que me miraban y se reían disimuladamente.
Más entrada la noche, entendería que esta visita había sido escenario de alguna charla previa de ellas, donde Agatha le propuso “enseñarle” y hacerla partícipe de un buen momento si su futura cita no llegara a buen puerto…
Lo que yo no sabía, que luego me lo confesaría “La Tana” es que todo lo que pasó entre nosotros, sin detalles, ellas lo habían imaginado, como yo creí desde un principio, que mi amiga, tenía esto planeado de algún modo.
Noté con los minutos que su charla se volvía cada vez más guaranga, hablaban entre sí casi sin filtros ni tapujos, olvidando mi presencia y el mate, y también que Ágatha se sentaba sobre un costado, como mostrándome sin disimulo frente a su amiga, lo cual ella notó también, cuando pregunta. -Que te pasa? Te rompieron el culito?.- Señalando su posición de piernas cruzadas y sobre un lado, a lo que ambas rompieron en carcajadas, que se me hicieron irresistibles, al punto de tener lágrimas en los ojos... los tres reímos mucho, cuando ella se pone un tanto seria y mirando a su amiga la increpa, - Te quiero ver a vos con mi “regalito” adentro, después como te sentás...-
Continuaron con los mates y las risas, al tiempo que seguían escalando mi acaloramiento con su nivel de vulgaridades y lo gráfico de su conversación, me retiré al patio a fumar.
Nuevamente excitado por lo que había acontecido, cansado por la hora y de muy buen humor por lo divertido y subido de todo de la charla de las chicas, decidí retirarme, ya que sentía la sensación de haber recibido muchísimo más de lo que había esperado de esa noche con mi amiga.

Suena mi celular con un mensaje, al que abro y veo una foto que claramente era desde el teléfono de mi amiga, pero no sacada por ella, por la distancia de la que fue tomada, donde se la veía posando con el Juguete Sexual como haciéndole publicidad. Como una modelo de la televisión con un producto a la venta. Hermosa sonrisa tiene mi amiga, y como solía decir sobre ella misma, “Lastima que salí tan puta...” haciendo referencia a su desbocado y a veces problemático gusto y deleite por el sexo.

Al mismo momento que abro la foto para agrandarla, explotan las carcajadas adentro, y cierro los ojos pensando que me sería muy pero muy difícil irme cuando yo quisiera.
Entré intentando no llamar la atención y desviarlas de su charla. Me vuelvo a sentar en el sillón (claramente me había perdido gran parte de la conversación y como fue evolucionando el nivel de su charla, como escaló el desafío y subestimé la confianza e intimidad que tenían entre ellas) y cuando levanto la cabeza para mirarlas estaban ellas sentadas en el mobiliario opuesto a la baja mesita, una en cada punta, a lo que mi amiga daba palmadas en el centro, como invitándome a sentar entre ellas.
Sabía (o creía saber) a donde iba todo este juego, en un primer momento subestimé su alcance, y entendí que solo era buscarme, erotizarme, únicamente hacerme parte como testigo, generando la tensión con su amiga por ser yo un extraño para ella, pero me equivocaba.
Comenzó desafiantemente, era para ella misma, pero más era por su amiga. Agatha tenía una necesidad y un morbo que se desdoblaba y ampliaba más y más, por cumplir sus fantasías y la los demás.
Como cuando éramos jóvenes en el tren hacia Constitución, llegaba a notar que algún viejito mirabale las piernas, ella disimuladamente, separabalas y levantaba de a poco su pollera para presentar un inolvidable (y a veces infartante) espectáculo al anónimo participante.
Otras veces, si la miraban desde un auto y no había mucha gente al rededor, se apretaba los pechos para hacerlos subir y enloquecer a los casuales admiradores.
Era muy provocadora, sabía los límites, pero le gustaba, como con el espejo, ser la protagonista del deseo de los demás, participar, crear, elevar y destruir el lívido, una especialidad suya, como la estética corporal y las guarangadas con acento del interior.
Haciendo un esfuerzo por levantarme, disimulando mi creciente excitación, me puse de pié, hice el ademán de mirar la muñeca de mi mano izquierda como si ahí hubiese un reloj pulsera (nunca usé uno) y dije algo como .- Se hizo tarde realmente... .- lo que acompañe con una sonrisa irónica.
Di vuelta alrededor del mate medio frío, del libro que nadie recordaba que seguía ahí (y fue una de las excusas para hacer esa inefable visita), y pedí permiso para sentarme entre ellas. Era claro que ellas habían acordado que eso sucediera, con sus sonrisas y mensajes tácitos, en un lenguaje que solo sé que hablan las mujeres.
Sinceramente “La Tana” no me atraía mucho, no por ser gordita, ya que era muy bonita, linda su sonrisa de publicidad de margarina, pero me parecía un poco falta de chispa o de misterio... daba la impresión que por más que te contara su más oscuro secreto, nada de esa persona sonriente y de cachetes (que lo llamaban a uno a pellizcarlos con cariño), podría sorprendernos realmente, como si fuera una mujer de aguas poco profundas.
Ella inició una serie de preguntas que apuntaban claramente a provocarme, llevándome a un terreno cada vez más íntimo, o provocarse entre ellas, pero indefectiblemente, yo estaba físicamente en el medio de las dos.
- “Es verda ´ que lo “escondió” enterito?” .- Preguntó con sus cachetes colorados de tanto reírse o de un dejo de vergüenza, con el aparato entre las palmas de sus anchas manos.
Me preguntaba si lo habrían lavado, tonto yo, pero mayormente comenzaba a exasperarme el hecho que esta muchacha, simpática y agradable como parecía, pronunciara tan mal, aún peor que mi amiga, (lo cual podía perdonárselo a ella por quererla tanto) pero pasé por alto esta vez, sus fallas idiomáticas.
Entendí que se refería al jueguete sexual que miraba con sorpresa, a la habilidad de nuestra mutua anfitriona y a los eventos previos a su llegada.
- Termina con “D”.. - Digo en voz baja, como para sacarme esa urgencia de corregirla, pero sin querer sonar petulante o sobrador. Refiriéndome a “VerdaD”, para mí mismo.
Esta simpatiquísima chica (entre risas y ademanes, parecía un poco ebria, o solo nerviosa) siguió con sus preguntas, sin prestar atención (o quizá evitando deliberadamente) mi comentario...
- Le mostramos? .- Me dice Ágatha, queriendo responder a la falta de credibilidad de su compañera, tomándolo como un desafío, mientras toma de las manos de su amiga, sin dejar de mirarme nuestro inanimado centro de interés. Posiblemente fuera todo parte de un “acting” como le dicen ahora a una rutina…
- Honestamente, no estoy seguro que tu sobre exigida anatomía tolere con nobleza otro acto de arrojo y queden indemnes tus partes ya resentidas...- Intenté ser claro… fracasé.
Ambas me miraron como si acabara de recitar un corto poema en Armenio y no llegaran a comprender si lo que había dicho, tenía realmente un sentido o era solo un amontonamiento de palabras rebuscadas y polisílabas.
- Te va a doler el culito...- Me traduzco al momento que todos reímos de lo tonto que puedo sonar a veces cuando estoy nervioso.
La amiga miraba el juguete y a mi amiga, como si fuera a iniciar en cualquier momento un truco de magia, con cierta excitación y arrastrada por el envolvente juego de seducción de mi querida y estimada amiga.
Agatha elevó el tono al sentirse ofendida por la incredulidad de “La Tana”, y luego de un par de amenazas mutuas ensayó una cara de ofendida y dijo:
-          Caminar se demuestra…- y se interrumpió mirándome, como buscando en mí el fin de su equivocada cita…
-          “El movimiento se demuestra andando”… corrijo con dulzura y una sonrisa.

El sillón no era grande, apenas entrábamos los 3 (yo soy grandote, y ninguna de las 2 mujeres tenía el peso de una gimnasta rusa) aun así ella giró sobre sí misma, quedó arrodillada sobre el sillón dándonos la espalda miró sobre su hombro a su amiga y le advirtió:
-Mirá que mi amigo acá, no le hace asco a nada…- Refiriéndose a mí y a mi amplio gusto por ejercer las artes amatorias sin fijarme realmente en el aspecto físico de mi o mis acompañantes.
La Tana rió e hizo el gesto de aplaudir, pero sin producir sonido, y repitiendo las palaras más hermosas y eróticas posibles, dijo - Dame un beso...- Bajó hasta tocar su panza con el apoyabrazos, apuntándonos con tus enormes glúteos (los cuales comencé a acariciar instantáneamente) apoyando sus manos en una silla continua que pertenecía a un escritorio adyacente al living.
-Ahora sí que vas a tener testigos de tus hazañas mi estimada, tu amiga no creo sepa donde se mete… Dije nuevamente como un jovencito excitado y casi superado por la situación, sin reparar en la señorita a mi izquierda.
A los pocos segundos de ella mostrándonos sus partes y yo acariciándola con delicadeza y ya dispuesto a besarla en su totalidad como ella pidió, y evitando hacer contacto con la extraña muchacha a mi lado, me vi sorprendido al sentirla pasar sobre mí, hacia nuestra anfitriona, tomando el consolador de la mano de mi amiga y besarla en el medio de sexo, con una agilidad y naturalidad, que parecía ensayado.
Ni bien ella hace contacto con el sexo de su compañera de trabajo, “Á” deja escapar un profundo y ronco gemido, como si los labios de esta extraña tuvieran un efecto mucho más erótico en ella, por lo prohibido, lo incorrecto y lo reprimido del asunto.
Imaginen la situación, dos mujeres en un sillón en cuatro patas, una deleitándose con el sexo de la otra, y yo sentado en el medio, bajo los grandes pechos de La Tana, que rozaban mis piernas, totalmente descolocado. Lo pienso y me vuelvo a excitar…
Solo atiné a estirar mis brazos a ambos lados del respaldo, y ver desde esa increíblemente corta distancia un espectáculo que no creía haber visto nunca.
Besó luego sus glúteos, ya más tranquila del deseo inicial, a lo que Ágatha saliendo de su trance, comenzó a darnos órdenes, sin dirigirse personalmente a ninguno de nosotros, como si esta chica y yo, fuéramos los músicos de su filarmónica sexual, a lo que la directora, mirando al vacío, dirigía esa obra que era netamente para su placer.
Comencé a masajear la cola de su amiga con una mano, esperando ser bien recibido, y al notar que ella la movía con placer, sin despegarse de la cola y la vagina de su amiga, con besos, cortas lamidas y roces con su nariz y labios, y hasta de vez en cuando apoyaba sus pómulos sobre esas zonas, como para sentir el calor y la humedad de la dueña de casa. Bajé una de mis manos y la metí sobre mi falta, para tocar ya sin muchas reservas sus enormes y blandos pechos de globos inflados con agua.
Acompañé mis movimientos iniciales, seguí acariciándolos sobre mi falda, los recorrí, metí mi mano, por su escote y busqué los grandes pezones de mi desconocida y erótica nueva amiga.
La Tana en cuatro patas, pasando sobre mí, dándole sexo oral a mi amiga (amiga mutua), se esturó para dejar el chiche sobre la mesa del mate, y con esa mano liberada, la metió entre mis piernas. Las acarició desde las rodillas hasta arriba, donde halló mi pene listo y apretado nuevamente en ese pantalón que esa noche solo servía como un límite innecesario…
Con muy poca libertad de movimientos, con Agatha sin ninguna intención de dejar de ser atendida y pidiendo le besen (pedía al universo, a cualquiera que quisiera) la cola o la “rajita”, más adentro, más rápido, sin preocuparse de lo que pasaba detrás de ella.
Desconociendo o sin importarle lo que pasaba en el sillón fuera de quién le metiera un requerido dedo, o la lengua, La Tana buscaba liberar mi miembro como yo buscaba desabrochar su pantalón ajustadísimo. En pocos momentos nos miramos y nos dimos por vencidos con la ropa, sin cambiar de posición, no podríamos avanzar. Ella cambió de mano y dejó de acariciarme las piernas para tomar mi cabeza y abandonó momentáneamente la tarea de dar placer a la anfitriona, besándome con un exquisito y familiar gusto a sexo en su lengua. Dirigió mi cara para que yo siguiera donde ella había dejado, y volví yo a la tarea de darle placer a la cola y a la jugosa vagina de mi amiga.
La recién llegada salió de encima mío, se puso de pie y se bajó el pantalón junto con una ínfima y claramente innecesaria ropa interior, perdida entre sus dulces y blancos pliegues.
Con un pedido un poco gracioso a esta altura, como sin querer faltar el respeto, y terminando de desnudarse por completo, se sentó en la mesita y desabrochando mi cinturón dijo “Permiso” y tironeó para bajarme el pantalón y liberar mi pene, ayudando yo sin dejar mi tarea.
Agatha gira y ríe de la situación, dejando huérfana mi lengua con su sabor, va a la habitación para volver con la querida caja de preservativos, al tiempo que aprecia como su amiga me termina de desvestir y se apodera mi miembro para besarlo como la mujer que acaba de conocer quién será su esposo en un matrimonio arreglado, esta vez por su amiga y no por los padres.
-          A ver Tana como lo atendés a mi amigo…- Cuestiona con afecto a la jovencita que solo levantó los ojos y no dejó de lamerme por un instante.
Y esta vez hablándome a mí, bromea sobre si no había dicho anteriormente que era muy tarde y me tenía que retirar…
Ella por unos instantes se dedica a apreciar el show que montamos sin saberlo para su diversión, y mira, mientras masajea distraídamente su clítoris, con una enorme sonrisa de satisfacción al verme sentado y gozando de una felatio por su compañera de trabajo, y con muchas ideas en la cabeza.
Su amiga parecía gozar esta tarea también, con un poco de topeza o falta de experiencia, hacía lo que mejor podía por dar placer.
-A ver como venimos por acá…- La oigo decir, y se sienta en la mesa baja junto a donde estuvo sentada La Tana, y como para devolverle el favor de una larga y rigurosa lamida, comienza a acariciar los gordos glúteos de su amiga.
Bajó su mano y con sus dedos debe haber hallado su vagina, porque la oí gemir mientras lamía mis testículos, y comenzó a masturbarla… Esta imagen, lo que se hacían y lo que me hacían, quería durara por siempre… aunque aún estaba lejos de volver a acabar, estaba muy caliente.
Veo una sonrisa pícara en la cara de Agatha y noto que comienza a masajear el culito de esta muchacha, y luego de mojarse los dedos en su boca (No sé si para saborear los flujos o para lubricar más) introduce uno lenta pero sin pausa en el interior de la joven invitada. Esta saca mi pene de su boca y dice – Despacito conchuda!.- con seriedad, pero volviendo a su tarea de lamerme como si fuera un mandato transmitido telepáticamente desde un centro de comandos remoto.
Mi amiga ríe y repite las palabras, sin sacar su dedo, solo retirándolo una falange para luego volver a introducirlo - Ok, “Despacito, conchuda…” Como quieras…-
Sigue cada una en su tarea, La Tana toma confianza y me besa, me masturba, alarga su mano hacia atrás y se toca también, gime y deja a la dueña de casa domesticar su ano, como en manos de un experto, que sabe lo que hace… Agatha se toca sin apuro y disfruta de dilatar el enorme pero aparentemente cerrado culo de quién está entre nosotros.
 -Ahora Tana, ya lo tenés listo para que mi amigo te lo atienda…- refiriéndose al estado de su ano…
- Vos quédate ahí y déjate atender…
                Esta hermosa y cariñosa, blanca y regordeta muchacha queda arrodillada frente al sillón donde yo estaba, y cambiamos de lugar con mi compañera de aventuras. Ella se sienta en el medio, donde yo había estado gozando, con sus piernas bien separadas, entregándole su conchita a su amiga para que siga con su tarea de lamer y degustar y yo me coloco detrás de esta atenta joven y con calma pero interiormente como una pava a punto de hervir, me coloco un preservativo y apoyo la punta de miembro, instrumento de acero recubierto de piel a esta altura del show de mujeres lamiéndose y lamiéndome.
-Despacito por favor.- Me ruga con vos agitada, cosa que al contrario de calmarme me excita aún más y comienzo la tarea de leves y constantes empujoncitos para penetrar este novedoso culito que me ofrecían con tan pocas condiciones.
Agatha gozaba mirando a su amiga chuparla y a mi penetrarla y me hace una seña como que avance con cuidado, que no le hiciera doler, cosa que luego sabría ella utilizó para convencer a la inesperada visita que probara el sexo anal con alguien que ella recomendaría.
Como la gota que horada la piedra, logré introducir la cabeza de mi pene, al momento que ella larga un pequeño quejido acompañado de una especie de mantra que rezaba algo así como… “Hijodeputahijodeputahijodeputahijodeputaaass”
Medio preocupado miro a mi amiga que con un gesto tranquilizador me da a entender que siga son la penetración, que estaba todo bien, según lo que ella esperaba.
Cuando la llego a penetrar con soltura, introduciendo por completo mi miembro hasta el fondo de su colon, y el chasquido de nuestros cuerpos chocando se hace rítmico, la oigo jadear con fuerza, cosa que me encantó y tranquilizó, y evidentemente también desató algo en Agatha, ya que sus propios gemidos se unificaron con los de la penetrada extraña, y la toma de los pelos para que la lama más intensamente.
Ellas dos gozaban diferente que yo, ellas en una sintonía clara, donde el gozo y dolor de cada una, se veía reflejado en la otra.
Yo preocupado por no hacerle doler el culito, había bajado un poco mi concentración, cosa que se reanimó cuando ambas acabaron juntas largamente, La Tana con la colita ocupada con mi miembro, la vagina con sus gruesos dedos y mi amiga con la lengua de la primera en ambos agujeros y friccionando con brusquedad su clítoris.
Otra vez esta imagen me ponía como loco. Apuré mis empujones y una embestida antes de acabar se la saqué de la cola y con un rápido movimiento me quité el profiláctico y eyaculé abundantemente sobre los glúteos y espalda de esta dulce y dedicada criatura. Ya tenía mí afecto ganado esta muchacha.
Cumpliendo su promesa nos bañamos, solo que fuimos tres. No al mismo tiempo, por obvias razones geométricas, pero compartimos un momento de relajación, caricias y acicalamiento mútuo.
Alcanzamos a La Tana hasta su casa, quién se despidió con un beso en la boca de ambos, con un poco de vergüenza de su parte, pero se la veía muy alegre.
Volvimos a la puerta de la casa de mi amiga que quedaba realmente cerca, pero el barrio no era de lo mejor, cuando vemos en la puerta su casa unos muchachos parados.
Agatha me dice “Seguí un poco más…” y la dejo casi en la esquina.
A pedido de ella la dejo y sigo mi marcha. Más luego sabría que el marido por exceso de alcohol o por impericia, terminó maltratando a Mirta la muchacha que lo esperaba para retomar una truncada relación, con quizá algo de enojo contra su mujer, hizo un espectáculo lamentable, fue echado del establecimiento y regresó con dos fieles amigos que lo acompañaron a su casa. Su mujer no estaba y eso lo enojó, casi termina por agarrarse a golpes con uno de los amigos que lo escoltó y mi amiga lo encontró llorando en la puerta de su casa arrepentido por su matrimonio, su fracaso, su falta de éxito laboral y por no haber podido tener sexo con "La Paraguaya" como tenía planeado.

Ante tal confesión pública, Agatha lo ayudó a entrar a su casa, a bañarse donde nos bañamos un rato antes y a acostarse donde habíamos acabado juntos pero no simultáneamente más temprano, con una piedad digna de un ser extraordinario.

Al otro día, ya tranquilos y sobrios, decidieron con la excusa de los chicos, comenzar terapia de pareja. Creo que todo salió bastante bien.

Fin.















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