Cuento: "Entregarse..."
Cuento #1
Continuar leyendo si y solo sí es mayor de 18 años.
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“Entregarse, es un modo de poseer”
Parte 1
“Hola!” (Mmmm No...
así no...)
“Era un fría noche de
invierno, la nieve caía sobre la desierta estepa” (No... tampoco.)
Así comenzaría un
relato normal, describiendo al lector la situación, espaciotemporalmente, para
ponerlo en situación y lentamente continuar con el relato... pero no sale
naturalmente, no a mí, que suelo escribir para mí mismo o para un posible
lector del futuro, imaginario ser que se interese en mis palabras...
Prefiero hacerlo como
sale, desordenadamente, caótico, casi eruptivo, para poder ir sacando y
desenmarañando letra por letra esto que se niega a salir a la luz de manera
prolija y entendible... perdón imposible lector del futuro... perdón por
hacerte hacer a vos el trabajo de armar este relato, este trabajo que me
corresponde y no tengo la fortaleza intelectual de organizar.
Mi nombre no importa,
no viene al caso, pero soy Nick.
Este texto sale a la
luz a pedido de una persona que cree saber lo que le espera al leerlo, y como
tampoco tengo la fuerza emocional de decirle que no a algunos seres muy
especiales, aquí está.
Buenos aíres, Zona
Oeste, viernes 21:00 hs (aprox), terminando un día normalmente complicado,
proponiéndome hacer más cosas de las que me daría el día, siendo poco realista
con respecto a mis capacidades y a cumplir con lo que prometo, me dispongo
desplazarme hasta la casa de una amiga, una vieja amiga de la vida, que tuvo la
desgracia de haber hecho pareja conmigo, (llamemosla “Agatha”) pero ya
felizmente casa, con 2 hijos, un marido bueno, trabajador, con pocas luces para
mi gusto, pero con muchas otras características que creo que suplen su poca
complejidad intelectual, me dirijo hasta su casa, para hacerle entrega de un
libro, muy postergada devolución, ahora apresurada por la necesidad de su hijo
mayor para la escuela. Envío un mensaje al estar aproximadamente a 3 minutos,
sabiendo que ella no tiene por lo general el teléfono a mano... Sabiendo
también que tendré que esperar en un barrio que no es de mi agrado... pero
contento por estar concluyendo una de las tantas tareas que me planifiqué para
ese día.
Tengo que hacer un
paréntesis (otro, hago muchos, perdón, lo siento...si seguís leyendo,
aguantarlo), ella es aún después de los años que la conozco, muy hermosa. Tiene
unos ojos verdes, que cambian con el tiempo, un cuerpo en muy bien estado a
pesar de sus 2 partos, y se mantiene en muy buena forma por gustarle mucho el
baile y caminar mucho.
Me resulta muy
atractiva. Y aunque yo no me considero una persona (soy hombre, no sé si lo
aclaré) que llame la atención, pero algo en mí despierta una cierta atracción
(dicho por ella) y muchas veces, ya separados, y con respectivas parejas nos
vimos en situaciones muy incómodas donde estuvimos muchas veces a punto de
destrozar todo lo que había sobre una mesa para comportarnos como jovencitos y
alguna que otra vez coincidimos ambos solos, en algún hotel de la zona, para
volver un poco el tiempo atrás y hacernos lo que nos gustaba hacernos.
Ella es (lo sigue
siendo) muy entregada en la intimidad... ella se deja hacer, se entrega incluso
invitándote a hacerle cosas que sabe que son más placenteras para el que las
da, que para el que las recibe... le gusta mirarme, a mi y creo que a todas sus
parejas también, mirarme mientras la poseo... verse entregada, convertida un
objeto de adoración, siendo el centro del universo en ese momento, en esa cama,
en ese espejo... verse reflejada en los ojos de su amante, ver como lo es todo
en ese instante... verse y verme sudados, agitados, y con el mundo exterior
extinto ante un cataclismo global que solo sobrevivió ese cuarto, por esas dos
horas donde todos mis besos son para ella, donde todos mis suspiros son por
ella, ver como mis manos y mi lengua la recorren, siendo absoluta, sintiéndose
quizá lo más importante en el universo, al dejarse recorrer... explorar,
invadir, penetrar y lamer, observando una película donde es la protagonista,
completamente entregada a su papel de ser creado para ser amado, gozado y
usado, y eso a mi, me desquiciaba de placer.
Aclaro esto,
únicamente porque como se notará, ella me atrae muchísimo, más que nada por lo
afectivo, por conocerla, por quererla como es... y aunque siempre intenté
(muchísimas veces logré) respetar su estado de pareja, al no sucumbir a mi
instinto de besarla en el cuello, detrás de sus orejas, olerle el pelo y meter
mi mano en su ajustado jean, esto es parte de lo que pasó. Y como cambió todo
para mí esa noche que llegué esperando esperarla, y encontrándola esperándome
en la puerta de su casa.
Parte 2
La saludo sin ocultar
mi sorpresa por verla en la vereda, (recordemos que su barrio no es muy bonito
ni seguro, menos por la noche, afortunadamente al ser un viernes, mucha gente
ya aprovechaba el calor creciente para estar en la vía pública.
Notela vestida muy de
“entre casa” para estar afuera, pero es una persona muy poco pudorosa y
consiente de su apariencia física, dueña de una seguridad admirable y en una
calle que la vio nacer, cómoda, como si estuviera en su living... y de mejor
humor de lo que esperaba, terminando un cigarrillo, casi sin inmutarse, como
queriendo darme tiempo que la admire ahí parada, con un pié descalzo apoyado en
la pared, dejándome disfrutar de su belleza... tan natural, tan sencilla...
poderosa en su femineidad... sus anchas caderas de potranca indomable y sus
firmes piernas de bailarina amateur la hacían un espectáculo que me demoré
deliberadamente en terminar de apreciar...
Me apeo y la saludo
con afecto, miro al rededor como preguntando por el resto de su familia y ella,
sin dar ninguna explicación a mi tácita pregunta, da media vuelta sobre su otro
pie descalzo y entra a su casa, sin más palabras que “fijate que quede bien
cerrado”. De alguna manera, invitándome a pasar.
Un poco desorientado
por la falta de bullicio, y el eterno televisor que tienen siempre encendido
esta vez oscuro, sin imagen, como penitente en medio de una blanca pared,
pagando en silencio por dar constantemente noticias tan poco favorables.
Lo miro apagado y
pregunto con un poco de ironía, -“Quién se murió?”.- a lo que ella responde aún
de espaldas, claramente poniendo la pava en a hornalla, aún descalza con los
pies con claras evidencias de haber estado mucho tiempo recorriendo la casa sin
calzado, se rascaba una pantorrila con el otro pie... (Sus uñas de un rojo
intenso, mostraban un cuidado que contrastaba con lo poco pulcro de sus
plantas), un acto que recordaba a las garzas, a los flamencos, parados con
mucha gracia sobre una sola pierna, con tanta naturalidad que podría haberlo
ensayado. -“Nadie, por ahora”.
En ese momento se le
escapa un pequeñísimo atisbo a su acento, ya que ella es originaria de la
Provincia de Corrientes, pero al haber venido de tan chica, solo asomaba
nuevamente cuando iba de visita para alguna festividad, o venían visitas de Paso
de los Libres.
Ahí noto ese
vestidito, ajustado y ya opaco vestido corto... recuerdo que era su favorito...
lo usó mucho años atrás y dejó de entrarle. Tiempo después del nacimiento de su
nena, logró volver a calzarlo.
Le quedaba de
maravilla... un talle o dos más chico de lo que una madre convencional usaría,
innegablemente controversial.
Ahí caí preso de un
solo pensamiento que sabía no iba a poder quitarme fácilmente de la cabeza...
lo deseable que era... y me empezaron a caer como luvia de ladrillos, todas las
cosas recordé que a ella le gustaría que le haga y que a mí me gustaría
hacerle, pero sin dejar de pensar que estaba en pareja hace tiempo y
posiblemente el marido estuviera en la otra habitación, pregunté como esperando
una única respuesta que me pondría en un lugar seguro... que ya estaban por
llegar...
-Y la familia? En que
andan?.- Dije tímidamente, mientras miraba a mi alrededor.
-Walter (Su marido)
se fue directo del trabajo para Tigre. Se toman la última lancha y pasan mañana
todo el día pescando en la Isla. El domingo a la tarde los pasa a buscar la
lancha otra vez. Y los chicos ahí andan, volviéndome loca... la nena con mi
vieja, de pijamada (hizo un gesto divertido, como no creyendo lo grande que
estaba) y el “Indio” con los amigos... duerme de un compañero acá a tres
cuadras. Vos? Tu novia?.- (noto cierta burla en su incisiva pregunta)
-Veo que te
organizaste un finde de relax... Ella bien. Con novio nuevo ya. Nos separamos,
no te conté? Cuanto hace que no hablamos? No te da miedo estar sola en tu casa?
.-
Reí y pregunté con
ironía... Intuyendo que yo estaba en el preciso lugar, en el preciso momento
que ella había planificado, y conociéndola, todo lo que pase de ahí en más,
podía a ser parte de su plan, seguramente no estaría bien con su marido, y me
querría a usar para herirlo... cosa que no estaba de acuerdo, pero sabía no
estar en posición de evitarlo...
Se deja caer en el
sillón frente al mío y apoya la bandeja en la mesa que nos separa, casi al
instante nota que mi mirada sigue los pliegues de su vestido y metiendo la
parte delantera de la pollera entre sus piernas para taparse lo que al estar
estas apenas separadas dejan ver, ensaya un “perdón” al pasar, mientras se
tapa.
Me pongo claramente
nervioso... ella me puede, ella lo sabe, ella me tiene... pero nunca (solo una
vez y hace mucho) habíamos roto ese silencioso acuerdo de no provocarnos si
estábamos en pareja.
Hago entrega del
libro y desinteresadamente lo apoya junto a la bandeja, como restándole
importancia al objetivo de mi visita, tan tarde un viernes, suponiendo que no
tenía nada mejor que hacer, que conducir hasta acá por un gastado mal tratado
ejemplar de “El Tunel”.
Así empieza a
contarme muy detalladamente los problemas que tiene con Walter, primero de
dinero (él no tiene un trabajo estable hace tiempo y ella con la salón de
belleza no logra cubrir las necesidades) y después y muy rápidamente pasa sin
solución de continuidad a problemas maritales. Nuevamente pide unas simuladas
disculpas, a lo detallado de su descripción alegando que conmigo tiene
confianza, pero sabiendo lo cruelmente gráfica que está siendo en sus detalles.
Agatha me describe
sus necesidades, me alcanza un mate, rosa mi mano y me estremezco, (que fácil
que soy, que sencillo debe ser para ella tenerme acá, así... por lo menos, de
que manera predecible encajé en todo)... cruza sus piernas como un indio sobre
el sillón, ya sin intentar ocultar su ropa interior, hipnotizante, y luego de
un tiempo imposible de calcular, me quita de mi ensueño al levantarse a buscar
algo, vuelve con eso (algo para comer supuse) y lo deposita en la mesa,
interiormente deseo que se vuelva a sentar como estaba, yo divagando en mis
ensoñaciones, ya no puedo pensar en otra cosa... me tengo que ir... me
conozco... cuando se me pone una entrepierna en la cabeza (o un juego de pechos
femeninos, o casi cualquier parte de anatomía de una mujer) no puedo pensar en
otra cosa que besarla... carajo!
Que mal no poder
controlarlo.
Sigue con su relato
de “amigos”, describiéndome cosas que me sonrojaría escuchar de otra persona,
pero ella es brutalmente honesta y gráficas, muy guarra, como un hombre
conmigo.
Consigo juntar
fuerzas y sacar mi celular, mi cuerpo está reaccionando físicamente a los
estímulos visuales y auditivos que vienen desde ella, (aprovecho el movimiento
para acomodar mi incipiente erección, aunque creo que no fui lo suficientemente
delicado y ella no nota), se le dibuja una sonrisa y sin dejar de hablar de sus
cosas, me reprocha usar el celular mientras me cuenta...
Y tiene razón, es la
única manera de puedo dejar de viajar entre sus imposibles ojos, y esa
desgastada y apretada bombacha rosa que deja ver entre sus muslos.
Miento que son cosas
de laburo, que la escucho, que continúe, me lo vuelvo a acomodar, se levanta al
baño.
Odio que use la
palabra mear y sus derivados, pero Agatha es así... la acepto, solo espero que
no la use en cualquier contexto y con cualquiera... deja la puerta abierta y me
sigue hablando como si estuviera sentada en el sillón, y no con su ropa interior
en los tobillos, de puntas de pié, orinando y sin disimular el sonido... me
excita muchísimo que sea así conmigo... que tenga el descaro de hacer eso casi
frente a mi, escuchándola, provocándome.
Escucho correr agua y
sale secándose las manos, se acomoda descuidadamente, como si fuera una niña de
3 años la ropa, siendo sin dudas provocativa para llevarme al límite.
-Te lavaste las
manos? -Pregunto con tomo desafiante, como retándola, como adulto a un niño.
-Olé... - Y se agacha
sobre la mesa que aún contiene la bandeja con el mate, el resto de un budín de
un sabor poco definible, y pone sus suaves y delicadas manos frente a mi nariz,
al hacerlo noto que no lleva corpiño y sus firmes pechos cuelgan hacia
adelante, como una jugosa fruta ofreciéndose a ser probada, la miro a los ojos
muy serio, le vuelvo a mirar los pechos, desnudos casi, ahí a centímetros de mi
rostro, y le digo con voz muy baja - Sos muy cruel...-
-Si ya las conoces!-
dice con su dulce acento, mientras casi sin darles importancia se las junta con
ambas manos y las deja caer nuevamente. Como si nada hubiese pasado, restándole
importancia a la locura que me provocaba esa parte de su cuerpazo, se sienta
nuevamente. Pero esta vez utilizándolo como un diván... y comienza a contarme
de sus hijos, (agradezco a Dios que cambie el foco de la conversación y no siga
describiéndome la falta de tamaño de su marido, o lo poco que él disfruta
practicarle sexo oral o que él no conciba la idea de penetrarla cuando ella
está en su periodo) y cosas de su trabajo tan sacrificado.
Tiempo atrás, en uno
de esos fugaces y ardientes reencuentros que nos brindó la vida, estábamos
ambos con trabajo, pero con poco dinero, éramos jóvenes aún y solíamos amarnos
en cualquier lugar, en cualquier momento, (sin posibilidad de acceder a un
digno hotel), ni bien nuestras obligaciones diarias lo permitían,
estacionábamos el auto de su madre en algún lugar poco iluminado, o de pié
contra alguna pared confidente de un Bar/Pool de la zona... ella siempre fue
así... increíblemente predispuesta para todo lo que uno quiera experimentar con
ella.
Incluso recuerdo
cuando estábamos de novios, y a ella se le metió la idea de hacer un “menage a
trois”, cosa que ya les contaré en otra oportunidad.
Solo tenía que ver la
necesidad en mis ojos, mi deseo, mi urgencia y comenzaba a mirar hacia los
costados para hacer un estudio del área y ver la posibilidad de darme placer
aunque sea con su mano por debajo de la mesa, o sacarse la ropa interior,
meterla en su cartera y llevarme de la mano al baño más cercano... Un
tormentoso instinto maternal que se apoderaba de ella, de no poder verme sufrir
por falta de sexo... una especie de obligación culposa y erótica, de ser la que
sacie mi sed de amor carnal que ella misma despertaba en mí.
Y así me miró cuando
se tiró en el sillón... como si alguien se diera cuenta que por fin la llave
que tiene hace tanto tiempo, sirviera para una cerradura que no conocía, y
puede cumplir su destino antiquísimo... me miró como diciendo, “ya entiendo lo
que estás necesitando”.
Sonrió... victoriosa,
creo yo... Reconociendo ese momento de gloria de tenerme ahí, embobado con sus
piernas, con sus pechos y con la forma apretada y notoria de su sexo tras la
fina tela rosa.
Rió de mi destino,
(ahora entiendo), de mi suerte echada, de mi predecibilidad (existe?) y del
control que ella tuvo, tenía en ese instante, y tendría por el tiempo que
estuviéramos vivos, sobre mi deseo.
Me salvó de ese trance
una llamada de rutina de su madre, pasándole el parte de su hija, antes de irse
a dormir. Hablaron muy velozmente como sé que ellas lo hacen, (la madre una
versión previa, una “Beta” de la misma persona, Mabel, hermosa mujer, fuerte,
delicada pero muy marcada por una vida de trabajo y criar chicos.
En las fotos que ví
de su juventud, Mabel pudo haber sido más hermosa que Agatha, solo que sin esos
ojos celestiales, que los tenía por el lado de su padre, muerto años atrás por
una pasión no recíproca por el cigarrillo y el vino barato.
Como si nada se rascó
entre las piernas, descuidadamente, casi infantil, como si yo no estuviera
observando todo, y rápidamente cambió el tono a uno mucho más dulce y pausado,
y comenzó a habar con su hijita.
Esa niña era una
“Mini Agatha” en todo, iba a ser muy linda de grande y con un carácter y una
decisión impropias de una niña de poco más de 4 años. Sería una complicación
para su padre, podía imaginar.
Para salir de la
hipnosis (volvía a mirarla y disfrutaba cada movimiento como si recién hubiera
Dios inventado a las hembras, y no podía salir de la fascinación de esa
criatura), que eran sus dulces y carnosos labios casi rozando el inalámbrico,
de sus largas y depiladísimas piernas (trabaja hace años en un centro estético,
lo mencioné ya?), tomé sus cigarrillos de la mesa baja, y salí al patio,
queriendo despejarme de su encanto, de su abrumadora sexualidad (quizá ella no
lo fuera, y no estuviera haciendo nada sexualmente sugestivo, quizá fuera yo el
que con esa adicción al sabor de su piel, al olor de su pelo, al intenso gusto
de su sexo, siempre lubricado, siempre listo para recibirme y albergarme, todo
lo veía como una inequívoca señal de llamado de sirena, para que encalle en sus
rocas, choque mi barco y selle mi destino, yaciendo a su lado, respirando su
olor, renaciendo en cada orgasmo).
Queriendo retomar un
poco el control de la situación, (si es que en algún momento lo tuve) encendí
un cigarrillo, en ese momento escucho que corta el teléfono detrás de mí.
Silencio. Siento que pasa sus brazos por sobre mis hombros y aplasta sus pechos
contra mi espalda...
Cierro los ojos y
elevo una plegaria por mi alma, perdida para siempre, en el averno de esa mujer
inolvidable.
Parte 3
- No
seas mala... -Rogué, dando una profunda pitada.
Ella
compraba la misma marca desde siempre, la misma que yo, y teníamos esa hermosa
costumbre de dejar los cigarrillos siempre a mano para cuando cualquiera que
los requiriese, pudiera fumar sin pedir permiso.
-Mala?
Porque te abrazo?.- Rió muy claramente. Se la notaba honesta, calmada y
relajada, y sobre todo de muy buen humor.
- No
me vas a decir que te molesta ahora que te abrace...- Se burlaba un poco de mí,
sabía que lo que me provocaba eran sus pechos, casi al natural, solo separados
de mi piel por dos finas capas de ropa, firmes, grandes, desafiantes... recordé
claramente la forma, textura y sabor de sus pezones, el dulce aroma de mezcla
del olor natural de su piel, con el perfume que usaba, ese aroma inconfundible
para mí, que hoy gozaría otro hombre, nuestro neolítico Walter, (que no sé si
realmente tendría la capacidad olfativa de diferenciar cuando ella estaba muy
sudada, o cuando no usaba el mismo perfume y si lo hacía, debería saber que esa
piel, la de sus aureolas, y sobre todo la piel que se encuentra en el valle
entre sus pechos, merece una oda al lugar más hermoso y pacífico sobre la
tierra) con su evidente falta preparación para apreciarlo.
-
Bueno, contame... más allá de aquellos excesivamente gráficos detalles..- fingí
interés y cierto desdén en su anterior relato. - Como andan las cosas por acá?.
Continué:
- Probaste con algún tipo de “incentivo” para condimentar un poco la cosa en la
alcoba?- Minimizando también la gravedad que ella le daba al asunto, claramente
intencionado a provocarme.
- Me
gané un “chiche” en una despedida de solteras, ni lo quiso ver... él me tiró la
onda para hacer un trío, con alguna amiga mía, no creo que le dé el cuero igual
- Cuando nombró el juguete y trío, creo que mi corazón empezó a latir más
fuerte aún de lo que estaba al sentirla detrás mío, con sus codos sobre mis
hombros, seguramente en puntas de pié al ser más baja que yo, y mientras la
odiaba en secreto por seguir metiendo imágenes “non santas” en mi mente. Desde
atrás, hábilmente me saca el cigarrillo y se lo lleva.
Sentándose en el
piso, me invita a acompañarla, bromeando con un clásico en ella...
- Vení tarado, que no
te voy a hacer nada. - Da un par de palmadas en el piso. - Vení con mamá...-
Hermoso morbo.
Resignado por mi
debilidad y muy excitado por lo que estuvo contándome, mostrándome (casi sin
querer?) y haberla oído hacer pis a unos metros míos, con la puerta abierta,
como si verla orinar o simplemente desnuda era una opción completamente válida
y posible, solo debía ponerme de pié y hacerlo. Además de sus senos aplastados
en mi espalda... todo eso, más mi inquieta imaginación, con nuestro pasado y mi
falta de intimidad con una mujer desde hacía unos meses por haberme separado,
hacían que fuera un amigo muy poco confiable para ella en ese momento.
Tomé asiento en el
piso, pero frente a ella, para poder estar a un poco de distancia y para poder
apreciar la ajustada y reveladora ropa interior rosada que llevaba debajo de
ese vestido viejito y ajustado.
Estiré la mano y sin
decirlo pedí de vuelta el cigarrillo, e intentando retomar un poco el control
de los acontecimientos, comencé a contarle de los últimos tiempos de mi
frustrada relación con Marisa (Mi ex, a la que ella se refirió con su burlona
pregunta anteriormente), la cual fue mí única en los últimos 2 años y
sinceramente no había terminado de la mejor manera.
Sin entrar en tantos
detalles como ella lo hizo conmigo momentos antes, y sin ser tan cruelmente
gráfico le compartí unas experiencias vividas donde daban una idea del estado
de nuestra relación en su final, como para darle un contexto a la ruptura,
expresando de alguna manera la desazón emocional que vivíamos y la poca
comunicación que llevaba a un final adivinable, en medio de dicho relato, donde
yo desnudaba mi alma aún en sufrimiento, ella echando toda la tensión por
tierra interrumpió con un casi insensible, auténtico y gracioso...
- Yo te dije que era
una frígida de mierda.-
Reímos... fuerte y de
verdad... ahí comenzaron a aflorar algunos recuerdos mutuos y graciosos que
hicieron continuar las risas hasta llenarnos los ojos de lágrimas. Pasamos por
cumpleaños, amigos, familia y volvimos indefectiblemente a hablar de la cama...
Que habilidad dialéctica innata tenía para llevarme al territorio que quería.
-En su defensa tengo
que decir que es una persona muy “convencional” en cuando al amor, y los
antidepresivos, bueno, no la ayudaba en mucho.- Justifiqué.
-Loca y frígida!... Vos
te las buscas? - Atacó con tono burlón, intentando claramente burlarse un poco
de mí, más que de Marisa... reímos nuevamente y le reproché nunca haber
aceptado a ninguna de mis parejas en estos años. Miró al techo y puso una
exagerada cara de “No me hagas empezar con tus ex...” como teniendo inmensa
cantidad de información como para poder de criticarlas con argumentos.
- Necesito ir al
baño, ya vuelvo. - Cortando un poco con la risa, me puse de pié y ella estiró
desde el piso sus manos pidiéndome ayudarla a levantar.
- Te quedás un rato
más? Pedimos algo? - Ya eran casi las 22 hs y yo estaba famélico.
Acepté con la
esperanza que tal vez todo lo sexual que yo había experimentado hasta aquí (su
roce, su descuido al dejar ver su privada ropa interior o su desinterés por
mostrarme sus pechos) fuera todo un invento nacido en mi exacerbada imaginación
y mi necesidad de satisfacción, aumentada por la presencia de ella que tenía la
capacidad de hervirme la sangre.
Muchas veces ella
había hecho cosas para ponerme en ese estado, como por ejemplo que a veces me
preguntaba por mensajes electrónicos al celular, si estaba solo, ya que tenía
algo que mostrarme y me mandaba una foto de ella completamente desnuda, frente
a un espejo, con la supuesta intención de mostrarme un tatuaje que se había
hecho en la panza... o una foto de sus dedos húmedos de haberse tocado y
acabado, con la excusa de contarme que se había masturbado pensando en esa
película porno que habíamos visto en tal hotel, o una vez que me mandó un
extenso audio de ella gimiendo y finalmente llegando al clímax, diciéndome que
si no me molestaba que lo compartiera conmigo.
Esas cosas de ella me
enloquecían. Mucho.
Intenté sacar las
perturbadoras imágenes de mi mente mientras intentaba cerrar la puerta del
baño, notando que estaba trabada completamente abierta y no se podía mover (era
corrediza) y ahí entendí que (tal vez) ella no estaba siendo provocativa y
“buscona” como solía autodenominarse, sino que era un problema técnico con la
abertura que no concedería la privacidad necesaria.
-Está rota!. Meá con
la puerta abierta si podes.- Dijo en voz alta desde la cocina. Ahí estaba ella
otra vez con sus modos de camionera.
Cambiándome leve pero
drásticamente el humor, (sin ninguna necesidad de ser vulgar, pero entendiendo
que conmigo se sentiría desinhibida y pudiendo hablar como lo haría con sus amigas
o con su marido) bajé la cabeza para mí mismo, resignado.
-Querés que la
revise?.- Pregunté apuntando el chorro al centro del agua, con la mano
izquierda ya apoyada sobre el botón de la pared para dejar correr el agua.
-Y como querés que le
explique a mi marido que viniste a casa un viernes a la noche, cuando él no
estaba, a arreglar la puerta?.- Me avergoncé de lo cierto de su razonamiento. A
veces era inexplicablemente lúcida.
-Además, le vengo
rompiendo las bolas que la mire hace un mes... si no se pone, quedará así.-
Sentenció.
Acostumbrada ella en
su juventud a vivir en condiciones precarias, una puerta en el baño, era
considerada un lujo innecesario para Agatha y su familia, y podía tolerar no
tener cosas que para muchos serían esenciales, aceptando con mucha naturalidad,
situaciones un poco tristes para mí.
Ella dice algo en voz
alta que no logro entender cuando dejo correr el agua del baño, le digo que no
la pude oír y cuando comenzaba a lavar mis manos sin abrocharme del todo la
ropa se asoma al marco de la puerta y mirando mi estado (manos en el agua,
pantalones desabrochados y mi pene marcado en el calzoncillo) me repite, -Pizza
o empanadas? Te ayudo?.- Ofrece de muy buen humor, con tono socarrón, haciendo
el chiste ambiguo que se podía tomar a que se refería me ayudaba con la ropa o
con la erección que se podía entrever.
- Pizza comí hoy.
Nunca cocinas?.- Me defendí con dureza pero en un tono desafiante que usábamos
cariñosamente entre nosotros, atacándonos nuestras debilidades para demostrar
aceptación y confianza.
- Cuando tengas uno
de estos conmigo...- Dice tocando con su pulgar el anillo en su dedo anular de
la mano izquieda y girando sobre sus talones, desapareciendo de mi vista
mientras sonaba su frase ya en ausencia.
-De que querés? “Roquefor”?.-
Ah! Como me ofuscaba que hablara mal.
A veces me hacía
pensar que decía equivocadamente algunas palabras solo con la intención de
llevarme a corregirla, ya que no podía (ni puedo hoy en día) tolerar esas
cosas.
Llega el delivery a
los 20 minutos aproximadamente, ella lo atiende en la puerta, yo pago.
La cena transcurre en
total normalidad, cuando noto cierta seriedad en ella... le pregunto si está
todo bien, a lo que Agatha responde limpiándose pausadamente la boca con una
servilleta y alejando el plato lleno de migas de las empanadas.
-Hace como 20 días me
entero por una de las clientas de la “Pelu”, que su vecina andaba con alguien,
no? Y sabés quién es su vecina? (imposible para mí saberlo), la paraguaya que
antes andaba con Walter hasta que nos juntamos... Te acordas?.- Creí entender
que entre los chusmeríos diarios, le llegó la noticia que su marido la
engañaba.
-Pero eso no quiere
decir...- Traté de bajarle la gravedad al asunto.
- Sí. Eso quiere
decir eso. El muy forro se encama con la “paragua” esa de nuevo.-
Le reproché referirse
a esa mujer por ese mote, y le recordé que eso hacía referencia a un
dispositivo plegable para evitar mojarse, a lo que respondió con una gélida y
silenciosa mirada.
Mi instinto de calmar
y tratar de conciliar, a veces me metía en esos aprietos cuando terminaba
queriendo defender lo indefendible solo para no ver al otro sufrir...
Silencio. Juntamos
las cosas y salimos a fumar al patio.
Ahora se evidenciaba
claramente que la noche no iba a terminar con nuestros cuerpos barnizados por
una fina capa de sudor, entrelazados en las sábanas de su cama o en un
desvencijado sillón de su comedor. Entendí que tal vez ella necesitaba verme,
pero solo para afianzar la confianza en sí misma, sentirse deseada, olvidar y
contar, solo eso.
Tal vez el hijo, sí
necesitaba el libro, pero ella necesitaba más un oído amigo, y una mirada
lasciva para despejarse un poco de la realidad cotidiana, sentirse respetada y
que alguien de afuera le dijera lo que quería oír y no lo que era claro que pasaba.
Su matrimonio, humilde y sagrada unión de dos personas afines (pero con mucho
menos afinidad que nosotros), se estaba acabando, o estaba acabado.
Quizá quería usarme
como pala para echar tierra sobre sus restos y ayudarla a avanzar.
Uno junto al otro,
mirando las plantas de la vecina que avanzaban sobre su espacio, ahí sin saber
que decir para hacerla sentir mejor, o menos peor, la rodee con mi brazo
izquierdo y ella instintivamente apoyó su cabeza sobre mi hombro.
-Vamos a la cama?.-
No noté ni un atisbo de sensualidad en su pregunta... Realmente mi amiga de
tantos años, compañera de aventuras, desventuras y pasión, no me necesitaba
como macho-amante, sino como amigo. Ahí estaría.
Aunque la idea de
besarla por todos lados, devorar su sexo como me gustaba hacer, sentirla
retorcerse de placer y verla mirar como la penetraba desde atrás, sobre
cualquier cosa que refleje su imagen, se iba desdibujando (afortunadamente), no
puedo decir que se había extinto del todo, y nos acostamos, vestidos sobre su cama
aún cerrada.
Ambos mirábamos el
techo, relajados, en silencio, disfrutando de la compañía mutua, así como
estábamos en la patio de su casa, ella dentro de mi abrazo protector.
- Me tengo que
bañar.- Dije viendo que se acomodaba tiernamente sobre mi axila.
-Aguantá un poco...
quedate un ratito así y después nos bañamos.-
Me generó mucha
dulzura que ella quisiera quedarse así conmigo, que necesitara mi contacto...
solo mi presencia... pero el “nos” me hizo sentir como un edificio de 100
pisos, siendo sometido a un evento 7.5 en la escala Richter.
Parte 4
Reí con esfuerzo de
su comentario, y nuevamente su contacto (esta vez sobre mi costado) y el aroma
de su pelo, a almuerzo, a productos de limpieza, a salón femenino y flores,
volvieron a despertarme una ya familiar reacción física, y mi cuerpo de alguna
manera se declaraba alistado para desarrollar la performance que intuía
acontecería en una cama, con esa mujer como tantas otras veces.
Volví a la vieja
treta de aprovechar el sacar el celular del bolsillo para acomodarlo a su
crecimiento, cuando ella me mira por entre sus pelos llovidos, sobre un lado de
su cara y gira sobre sí misma hasta quedar casi encima mío y estirarse por
sobre mí, y quitarme no muy amablemente el teléfono de la mano.
Suavemente lo deja
sobre la mesa de luz, y se estira para seguir acostada a mi lado, pero
queriendo llegar al último cajón de la dicha mesa, donde rápidamente saca algo
y me lo entrega sin mirarme.
En inglés leo
rápidamente la descripción del producto, pero la foto es lo suficientemente
ilustrativa como para no requerir demasiada explicación. “Consolador Anal”.
Al estar cerrado en
su caja y con el nylon aún intacto, estaba seguro que no había sido estrenado,
y me dio gracia porque ahora todo su relato de hace un rato atrás, parecía un
simple preludio para llegar a este momento.
Todo cerraba, si es
que ella lo había planeado como una de esas películas donde los ladrones para
robar un banco imaginan cada paso, acción y reacción de cada uno de los
implicados en el asunto y tienen un plan de contingencia para cada caso.
Suelto un silbido,
para demostrar admiración y le devuelvo la caja, al momento que le digo.
- Estás segura que es
de tu “talle”? Dice “large” que significa...- me interrumpe con un golpe de la
mencionada la caja sobre mi pecho.
- Ya sé que significa
“@&#°”(un insulto familiar en guaraný que no puedo deletrear). Es “grande”.
Había “esmol”, (me pareció como sí fuera en joda el tamaño) y había este
grande. Como era un premio, tampoco me podía quejar.-
Nuevamente entregado
a mi suerte y con la certeza de que ella iba a hacer conmigo lo que quisiera, y
solo lamentando que Walter me caía relativamente bien, (excepto por ser hincha
de River), y pensé que eso de que fuera rival natural del Club de le Rivera,
era una buena razón que “casi casi” justificaba lo que seguramente le iba a
hacer a su mujer...
Pero no! al instante
la idea no me convenció. Estaba buscando justificativos para hacer algo que no
era justo, honesto y ético hacer.
“Nunca hagas a otro
lo que no te gusta que te hagan”, me habían enseñado de chico. Y esto cuadraba
bastante con ese principio.
No me gustaría que un
hombre se acueste con mi mujer, por más mal que vengan las cosas, quisiera que
mi adversario, tuviera dignidad y se retirara, dando lugar a que yo arregle el
asunto primero con mi pareja.
Pero seamos sinceros,
quién puede evitar ciertas cosas? Quién tiene la fuerza de voluntad de no darle
todo el placer posible a una persona que estimas mucho y que además te gusta?
Por ahora me sentía
como bajando una barranca, a toda velocidad en un sidecar de una moto piloteada
por Agatha y sin ningún atisbo que ella me dejara retomar el control.
- Querés saber si me
entra? Date vuelta y pruebo primero con vos...- Me desafió. (Agatha tenía
un raro fetiche por someterme, y lo hubiera hecho si pudiera) Conocía su gusto
por el placer prohibido que le provocaba su cola cuando se prestaba a juegos de
ese tipo.
- Vamos viendo...- Bromeé
mientras ella rasgaba el nylon que recubría la caja del “chiche”.
- En serio lo vas a
abrir? Que le vas a decir a tu marido? Que lo usaste sola?.- Pregunté
preocupado realmente por las consecuencias de ese simple acto.
- “Vamos viendo”.-
Respondió burlona tratando de imitar mi dicción y tono de voz.
...
Sacó de la caja el
brillante implemento, lo admiró, dándole vueltas y me pareció un poco más
grande de lo que debiera para que su colita pueda albergar, y al final lo besó
apenas con la punta de los labios y me lo pasó.
Lo tomé con cierto
respeto y lo noté muy frío, pero aún así excitante... sabiendo donde podía
descansar de un momento a otro (y conociéndola a ella y mi fanatismo por ese
tipo de prácticas sexuales no tan convencionales), me entregué al disfrute.
Seguía molestándome
en un rincón muy lejano de mi mente la situación y saber que estaba por hacer
cosas inmorales con la esposa de una persona que conocía.
Pero yo la conocía a
ella desde muchos años antes. Dudaba de mí. Me molestaba, pero era una voz muy
disfónica en medio de una tormenta de gritos de aliento a seguir y complacerla.
Se levantó de la cama
con una agilidad sorprendente, pasó frente a la puerta que da a la calle y
verificó que estuviese bien cerrada (después que despedí al delivery de las
empanadas), apagó la luz de la cocina y volvió a entrar en mi campo de visión
al pasar hacia el baño, donde de manera fugaz, otra vez, con una naturalidad
bellísima, se fue bajando la bombacha sin dejar de caminar.
La dejé hacer en
privado lo que sabía estaba haciendo, muy necesaria y honesta tarea antes de
embarcarnos en la exploración de su tan deseada cavidad, seguramente, limpiando
todo para que el juego y el disfrute sea lo más pulcro posible.
La oí… Seguí en
silencio. No me pareció correcto decir nada, ni preguntar ni mucho menos
bromear en ese momento, por respeto y por una cuestión de autoconservación, ya
que mí Agatha podía ser muy efervescente si se enojaba por una burla
fuera de lugar.
La cabeza no paraba
de darme vueltas con mil ideas, ante todo, lo mal que estaba lo que iba
a pasar y después (una mucho más creciente y clara), otra era lo bueno que
estaba por pasar... y finalmente era que no tenía preservativos conmigo.
Cosa que podía
complicar todo, ya que si yo no estaba preparado para aquello, ella podía no
estarlo y el ambiente iba a cambiar radicalmente si teníamos que salir hasta la
estación de servicio a comprar una caja de condones, con lo avanzado de la
charla... dándome la chance de juntar fuerzas sobrehumanas y huir de sus
extremadamente excitantes planes para aquella noche.
- Vas a mirar o vas a
ayudar?.- Me dijo casi ronroneándo, con voz sensual, pero decidida, habiendo
vuelto a la cama.
- Me vas a matar. No
tengo forros! La verdad?, nunca pensé...-
- Sos boludo, sabés?
- Dijo cortante. -Tengo acá.- Siempre me interrumpía. Era poco menos que mi
némesis.
Sospecho que su
paciencia hacia mis prolongados preámbulos discursivos, estaba agotada, y había
ensayado ese intercambio nuestro en su imaginación varias veces. Ese y muchos
otros escenarios que yo no puedo ni comenzar a contemplar.
Volvió a abrir la
mesa de luz, pero esta vez, del cajón superior sacó una caja grande apenas
empezada, me la entregó, al tiempo que me contaba que desde que había nacido la
nena, no habían tenido sexo sin protección (cosa que no sé porqué exactamente),
me alegró un poco.
Al tiempo que me
confesaba que no tenían mucho sexo, que a su marido le gustaba como a todos
(pero no tanto como a nosotros), y que él se auto satisfacía en la ducha o en
el baño, sin dejarla a ella participar, cosa que la frustraba y confundía.
Ella era experta en
la auto satisfacción, se conocía como nadie y nos había pasado muchísimas veces
que si yo no podía hacerla acabar (cosa que yo buscaba con desenfreno) ella le
dedicaba unos segundos y con sus dedos de la mano derecha, terminaba el trabajo
por mí, cosa que me agradaba y tranquilizaba, porque sinceramente quería
siempre que ella quedara satisfecha. Y verla “cartigarse” de esa manera,
girando sus ojos hacia arriba, era un espectáculo imperdible.
- Dame un beso.- Me
dijo al momento que me tomaba de la mano, yo completamente vestido, me
arrodillé en la cama, esa cama donde ellos consumarían su santo matrimonio, yo
estaba por manchar su honradez para siempre. Me saqué la remera, y las medias.
Tomó mi cabeza por
detrás y me besó con muchísima tranquilidad y pasión. Ella parada junto a la
cama y yo sentado sobre mis piernas flexionadas ardiendo de necesidad de darle
placer a esta diosa, y cada cosa que hacía y decía, me llevaban más al
límite... incluso lo de hacer “del 2” para que nuestra experiencia sea más
placentera y prolija.
Cuando aceleré el
ritmo de mis besos bajando por su cuello, tocando su seno con mi mano, busqué
su panza, dibujé su tatuaje (de memoria) sobre el vestido, perdiéndome en la
lujuria, cuando me frenó muy calmadamente, mirándome a los ojos con ternura y
dijo - Tranquilo... hay tiempo... “hay más tiempo que vida”.-
Esta vez fue ella la
que se puso poética. Como lograba descolocarme a veces.
Y yo me sentí algo
tonto, como inexperto en sus manos, pero era cierto que ella me ponía como una
moto, y a veces mi intelecto no podía dominar mis instintos.
Se soltó de mis manos
y se arrodilló en la cama también, pero dándome la espalda, lentamente, de
nuevo regalándome la posibilidad de admirarla en “slow motion”, de gozar cada
milímetro que se moviera, tan felina, tan segura.
Una vez estuvo
arrodillada frente a mí, me repitió las palabras (Las más eróticas que una
mujer puede decir en un momento como ese), mientras se agachaba me mostraba
toda su intimidad, todo su sexo, húmedo y brilloso por sus jugos, y se agachaba
para poder verse mejor en el espejo que había contra una de las puertas del
placard.
- Ahora sí, dame un
beso...- Refiriéndose a que comiera y bebiera de su sexo, su cola y todo lo que
yo quisiera, porque ella gozaba viéndome comerla, viéndome gozarla y viéndome
acabarla y morir a sus pies.
Comencé a besarle sus
glúteos, firmes, suaves, tibios y tan familiares... su piel se erizó, como lo
debe haber hecho la de todo su cuerpo, el momento que dejó escapar un suspiro.
Pasé de uno al otro,
sin rozar nada en el medio, aunque detuve varias veces mis labios sobre sus
claramente mojados pliegues, para respirarles encima y aumentar su deseo.
Comencé de lamer en círculos sobre sus grandes posaderas, yendo y viniendo, esforzándome
hasta límites insospechados para no atacar su centro y sumergirme en los
irresistibles jugos de su femineidad.
Continué con mi sutil
tarea, de besar y lamer, ella y yo en cuatro patas, uno detrás de la otra, y
cada tanto me sorprendía al ver sus ojos clavados en los míos a través del
espejo o de alguna otra superficie reflectante que le ofreciera la posibilidad
de ver la escena.
Cuando mis círculos
se cerraron sobre su apretado orificio me demoré unos segundos para gozar
nuevamente el sabor de su piel, del lugar más prohibido, privado y posiblemente
menos higiénico para besar.
Me sorprendió que al
contacto de mi lengua con su aro de rica y rugosa piel, ella con su mano se
estirara y llegara a tomarme de una oreja, un poco violentamente, para guiar el
mando de mi cabeza y mi lengua, y obligarme a lamerla lo más a fondo que
pudiera, demostrando ella una prisa y necesidad, pocas veces observado en su
comportamiento.
Claramente el sexo
anal, era algo que estaba requiriendo y extrañando con desesperación, y ahí
estaba yo, con mi miembro ya lubricadísimo de su propio jugo, queriendo romper
el pantalón que lo mantenía prisionero y buscando salir a escena lo antes
posible, un caballero andante, a punto de darle gozo a esta hembra imparable e
insaciable, que casi sin dejarme respirar dirigía mis lamidas, para adentro y
afuera, arriba y abajo con fuerza, casi agonizante de la espera, cuando por fin
me libera la adolorida oreja, me suplica
- Metemeló ahora!
Todo.- Con voz agitada y ronca...
Me tomó por sorpresa
el pedido, el ruego, primero pensé que se refería a mi pene y busqué
instintivamente los preservativos que me había alcanzado minutos antes y no los
pude encontrar rápidamente, pero ahí entendí que ella se refería al consolador
y no a mí.
Este brillante
aparato (de diferente forma y dimensiones que mi miembro), parecía mucho más
preparado para dar placer a esa zona, y seguramente ella estaba esperando ser
abierta por ese juguete (de la mano de un servidor), y no aceptaría otra cosa a
cambio.
Lo tomé con
impaciencia, lo apreté en mis manos para calentarlo, disfrutando de lo poco que
me permitía ese torbellino de estímulos visuales, táctiles, olfativos y de
sabor. Se lo apoyé el surco de su ya lista y lustrosa vagina ya empapada de mis
lamidas y su abundante lubricación, y lo deslicé y giré subiendo y bajando,
mojándolo y preparándolo para su glorioso viaje inaugural a las cálidas y
prohibidas costas de la cola golosa de mi amiga querida.
Apoyé el espejado
dispositivo sobre su agujero deseado, el cual parecía palpitar con su
respiración y por momentos, daba la impresión que iba a abrirse y tragárselo
todo de una vez. Comencé a jugar con un movimiento circular y acompañándolo de
rítmicas empujadas.
Vi en el espejo que
ella estaba con los ojos cerrados y tratando de controlar la respiración,
concentrada en lo que pasaba con su huequito, tratando de disfrutarlo, pero
sabiendo que no era tarea fácil recibir este aparato tamaño “large” y pensaría
tal vez, que había subestimado su tamaño o sobre estimado su capacidad de
dilatación.
Menos de un minuto de
preparación y suaves empujadas, y lo había albergado por completo. Wow! Pensé.
Felicitaciones para mi amiga. Eso no era nada, descubriría más luego.
Sin poder dar crédito
a lo que veía, su inmensa capacidad de placer y confianza en sí misma, bajó uno
de los hombros de su vestido y comenzó a masajear sus pechos con una de sus
manos, una belleza que me enloquecía, y atiné a quitarme la ropa que quedaba.
Casi como si yo no
existiera y estuviera sola con su invasor amigo ocupándole el orificio
postergado u olvidado, y forzando al máximo su capacidad de apertura apoyó la
cara contra la cama para librear la otra mano y poder acariciar con fuerza su
clítoris sin dejar de tocar, apretar, pellizcar y mojar los pezones y gemir
como si no importara nada más en el mundo que el placer de sentirse totalmente
llena y completa.
Tomaba velocidad y
frenaba, iba más lento, metía los dedos, (primero uno, inmediatamente sumo uno
más y el tercero pareció alcanzar el ancho que necesitaba para estar
satisfecha) los saboreaba y los volvía a pasar por su ya empapadísima “rajita”
como ella a veces la llamaba, con un orden inespecífico que no llegaba a
comprender (hubiese deseado aprenderlo de memoria para su placer) y a pensar de
mis irrefrenables deseos de poseerla, ella sola daba un show que no me quería
perder ni un segundo.
…
En eso estábamos,
(ella se movía, acariciaba y tocaba, llena en la inmensidad de su cola, y yo
hipnotizado con sus espasmos y gemidos) cuando escuchamos un ruido en la
cocina, como un golpe o algo que se cayó.
Me alarmé mucho más
que ella, que estaba en un universo paralelo que lo único que le importaba era
el placer y ser un objeto de deseo y adoración, cuando lo único que se
escuchaba era su pesada respiración y los pequeños chasquidos que hacía su
mojada mano al entrar y salir con fuerza y velocidad de su interior.
Me detuve un segundo
de mirarla y tocarme lentamente, para prestar atención a lo que pasaba en la
cocina. Tuve la certeza que algo se movía o golpeaba.
Con un rápido
movimiento salté de la cama y caminé fuera del cuarto, escuchando, mirando,
como un desnudo y asustado ninja, en actitud de esperar un oculto asesino a
punto de sorprenderme y mi vida dependiera de mis reflejos para esquivarlo.
Escuché que Agatha
me llamaba, en un hilo de voz, pero sin dejar de darse placer, posiblemente
yo la estuviera distrayendo y necesitara toda su concentración para acabar su
tarea y llegar a un merecidísimo clímax final.
Algo llamó mi
atención bajo una silla, y era un pequeño celular con la pantalla iluminada.
Seguramente por estar
en vibrador se había caído de la mesa y golpeado en una silla, siendo ese el
ruido que me quitó del espectáculo más erótico que había vivido en mis últimos
meses.
Lo tomé con mi mano
izquierda, ya que con la derecha, al pasar el “peligro” volví a tocarme y
masajearme para volver a estar listo, cuando ella lo necesitara, por donde ella
lo necesitara.
En la pantalla se
veía que decía “07 llamadas perdidas”, “09 mensajes nuevos” y otras
notificaciones que no distinguí por no estar familiarizado con el sistema
operativo de ese teléfono.
Alcancé a oír un
profundo suspiro, mientras admiraba la diminuta pantalla y pensaba en las
posibles consecuencias de ello.
Volví al cuarto y me
dí cuenta que me había perdido lo que más quería ver en ese momento, que era
verla acabando.
Estaba boca abajo en
la cama, con el culito para arriba, y la parte plana del “chiche” apuntando al
techo. Respiraba con la boca abierta y tenía los pelos todos revueltos sobre su
rostro, el vestidito subido hasta la cintura y un hombro bajo.
Los dedos de los pies
aún un poco separados por los espasmos y sus manos se movían como
electrificadas esporádicamente... si hubiera podido, esa imagen merecía una
foto para la eternidad de mis noches.
Con cara de aliviada,
saciada y cansada, me preguntó - Que pasó? Sonó?.- Mirando su teléfono en mi
mano.
- Está en vibrador.
Te llegaron muchos mensajes y llamadas. Mirá.- Le ofrecí el aparato.
- Ayudame a sacar
esto.- Pidió como agotada, mirando por sobre su hombro. Cuando dí la vuelta y
tomé el dildo con mi mano para girarlo y sacarlo lentamente se sobresaltó! Lo
solté temiendo hacerle daño, pero su sobresalto provenía de lo que leía con el
ceño fruncido en el display del móvil.
- Es Walter,
no fueron a pescar!.- Se me heló la sangre.
Parte 5
Preocupada
por los mensajes del correo que voz que escuchaba en su oído y yo no llegaba a
entender (y porque, por razones anatómicas, su cuerpo se había puesto en un
estado que no permitía quitar el juguete sexual de su colita), pasó a
explicarme, en un estado mucho más preocupado pero segura, que el que yo
estaba.
- La
crecida dejó la isla casi sin muelle. Tuvieron miedo que si llovía mañana, no
los pudieran ir a buscar. Llegaron a Tigre, y se volvieron. Este boludo (no
solo a mí se refería con cariño de esa manera) llamó y como no lo atendí, se
fue a cenar con los amigos. Me llamó para venir a bañarse y dejar las cosas y
como no se llevó las llaves, se fue directamente... que mala leche... que orto
tuvimos...-
Dijo
de un tirón, muy rápidamente como hablaba con su madre, casi sin respirar ni
hacer las pausas necesarias para la puntuación que yo usé para escribirlo.
- Me
voy! (Dije) Esperá! (Me detuve, recapacitando) Saquemos eso de ahí! .-
Confundido
y claramente asustado... quería ayudarla, irme y no haber estado nunca... y no
terminaba de entender si el marido estaba afuera, viniendo o no volvería hasta
mañana...
-
Agarrá el lubricante del cajón.- Señalando la misma y conocida mesa de luz que
aparentemente era la suya.
Había
una foto de Agatha con sus hijos, relativamente reciente y una de ella a
los 15 años según recuerdo. Su marido, por ningún lado por suerte, para ver
este controvertido show de amistad y deseo.
Lubricante,
paciencia y una exitación de quinceañero, un poco confuso pero inmejorable.
La
secuencia de los mensajes fue algo así, según fui armando con su relato y mi
criterio del tiempo transcurrido.
Cuando
yo le escribí que estaba a 3 minutos, y pensando que ella no vería el teléfono
por los próximos 10, conduje a un ritmo relajado, pero ella leyó inmediatamente
mi mensaje y 2 minutos después estaba en la vereda, encendiendo un cigarrillo,
ya moderadamente excitada por la posibilidad de darle por fin uso a su
despreciado premio, y queriendo también sirviera como una secreta lección para
el imbécil de su marido, que ella sabía muy dentro de ella, como solo pueden
hacer las mujeres, la había cambiado por una joven, flaca, no muy agraciada y
regalada representante de la amplia comunidad de la República del Paraguay en
nuestro País.
En el
momento que salió a esperarme, previamente quitándose el corpiño (poniéndolo a
lavar, como buen ama de casa) salió a mi encuentro, dejando el teléfono sobre
la mesa de la cocina y ahí lo olvidó, al momento que su marido le comunicaba
sin mucha gracia y habilidad (con muchas menos palabras de las que yo usaría)
que la excursión de pesca se había suspendido por condiciones climáticas
adversas, y casi inmediatamente le volvería a escribir porque no tenía en su
poder las llaves de su casa donde quería dejar sus pertrechos y preparase para
salir con sus amigos y no perderse la noche de diversión por demás planeada con
sus compañeros.
En el
preciso momento que ella apoyó la bandeja sobre la mesa mostrándome
“accidentalmente” sus pechos sueltos, tan hermosos y formados como siempre (aún
después de sus 2 niños), llegó un tercer mensaje, el cual decía que si no le
contestaba, no iba a ir a su casa a bañarse, pero quería saber donde andaba,
(como todo hombre con la poca capacidad para apreciar una gran mujer,
respetarla y serle fiel, tampoco tenía la capacidad para aceptar la posibilidad
de que él no estuviera a la altura de darle todo lo que ella necesitaba), y no
quería perder de vista a su mujer, y darle chance de ver cosas en otros que él
no diera la altura y sentirse atraída y por fin perderla.
Él
sabía que en la cama las cosas no estaban bien, por eso, si no podía
conformarla, por lo menos quería evitar que ella buscara fuera lo que no podía
adentro de su casa. Fiel reflejo del perro del Hortelano.
Los
demás mensajes fueron subiendo de nivel y pérdida de paciencia hasta
agresividad por no responder y un par de llamadas perdidas, una avisando que
estaba yendo, con la intención de esperarla si no estaba, para poder armar un
poco de escándalo, y quitarse la frustración del viaje truncado.
En el
exacto momento que ella se quitaba la bombacha camino al baño, para limpiar su esfínter
y lograr una limpia y prolongada experiencia anal con su amigo (O sea, yo, su
humilde interlocutor), “Wally” estuvo a 11 metros de llegar a la puerta
de su casa (probar que había quedado mal cerrada por mí aunque ella la hubo
revisado antes de apagar la luz de la cocina, y podría entrar igual), él
recibió un llamado de sus amigos confirmándole la noticia que Walter estuvo
esperando desde que hablaron de ir a esa “boite” y cabía la posibilidad de
encontrar casualmente allí a Mirta, la ex, que tanto lo buscaba desde
que Wally se casó con Agatha y no lograba ella comprender como él
se conformaba con esa peluquera, gordita y altanera, que usaba palabras como
“lógicamente” “exacto” u “obvio”, cosas que había adquirido tal vez de mí, sin
proponérselo. Para el marido de mi amiga, esa llamada lo era todo esa noche.
Ella estaría esperándolo. El iría por su premio.
Walter
leyó más de una vez el
mensaje. Rotundo. Mirta (La Paraguaya, como muchos la conocían) estaría
esa noche en el boliche.
Por
fin una buena, pesó el marido, mientras su impaciencia se desvanecía y
convertía en ansiedad de a poco, en la vereda.
Miró
a su alrededor a ver si había algún vecino que note su comportamiento extraño y
sabiendo que estaba por hacer algo reprochable, giró sobre sus talones y volvió
a la parada del colectivo. Por 11 metros no llegó a enterarse de nada. Y
afortunadamente para un servidor, no notó mi auto estacionado en la vereda de
enfrente de su casa.
Extasiado
con la posibilidad primero de desquitarse con su mujer su rabia por no poder
pescar y después por no haber ella respondido ninguno de sus mensajes ni
llamados.
Y
luego, por enterarse que esa noche concretaría lo que venía planeando hacer desde
hacía tiempo, que paradógicamente y contra la presunción de Agatha, él
no había concretado.
...
Aplicando
lubricante y girando el artefacto para liberarlo de la preocupada, invadida y
satisfecha madre que permanecía con su cola al aire, yo no podía dejar de
fascinarme con la escena.
Los
nervios le jugaron una mala pasada y cuando tuve en mi poder el consolador
recién estrenado, ella tuvo que salir corriendo al baño apretando con su mano
el sobreexigido orificio y por poco no provoca un enchaste de grandes
proporciones.
Llegó
a sentarse justo a tiempo. La situación, el apuro y el ruido a su descarga a
pocos metros de ahí (por más morbo que a uno pudiera provocarle) y esa hembra,
oliendo a establo, a sexo y sudor, teniéndose el culito para no desgraciarse
frente a mi ni en su cama, era hilarante.
Debe
haberme escuchado reír, porque desde el baño junto con el ruido del agua
corriendo llegué a oír.
- No
te rías pedazo de pelotudo.- A lo cual no pude contener una gran carcajada y
ella también rió desde el baño. Salió a los pocos instantes, con un
indisimulable esfuerzo al caminar.
- Y
ahora?.- Aclaró su voz. - No te vas a quedar así.- Dijo apuntando a mi
entrepierna con su nariz y levantando las cejas como solía hacer.
Que
hermosa era... que fresca su risa, que poderosamente irresistible su empatía
sexual y el aroma de su sexo... Sentado yo en la cama y ella con el vestido ya
arreglado frente a mí, nos reímos un poco más por la situación y yo me deslicé
hasta el piso para quedar arrodillado frente a ella, mirando hacia arriba... su
cara y su púlcramente depilado pubis... nuevamente su cara al tiempo que
pregunté - Seguro que no viene?.... Muero de ganas por comértela.-
A lo
que ella respondió, sin palabras, poniendo lenta y sensualmente una de sus
piernas sobre la cama a mi espalda.
Volví
a repetir mi inimaginablemente ardua rutina de paciente y experto besador,
disimulando mi ansiedad sobrecargada de eventos esta noche. Sabía que mientras
más lento, mejor para ella. Mientras mejor para ella, mejor para mí.
Besé
el interior de sus muslos... descendí hasta la parte interna de sus rodillas y
subí hasta casi llegar (pero sin llegar) a su sexo... una y otra vez, primero
besos, luego con la punta de la lengua y después los intercalé. Su aroma me
desordenaba las ideas, me elevaba a un plano superior... diría que estar tan
cerca de su cueva, era la experiencia más parecido a lo religioso.
Cuando
comencé a probar sus labios, separarlos cuidadosamente con mis besos, lengua y
luego dedos, ella largó nuevamente un suspiro prolongado, tensionó su cuerpo y
tiró su cabeza para atrás.
Aparentemente,
el sexo oral, era otra cosa que ella añoraba y necesitaba. Se veía en su rostro
que no estaba consiguiendo encontrar en su lecho marital.
Sin
poder resistir su fetiche de verse, volvía a bajar la cabeza, miraba hacia la
televisión apagada que devolvía un opaco reflejo de la situación y el espejo
tan necesario, quedaba fuera del rango de visión.
Tomé
sus glúteos en mis manos para apretar su rajita contra mí y poder devorarla
como quería, sin dar espacio a que quede un milímetro de su tibia y húmeda piel
fuera de mi alcance. Masajee su generosa posadera y con un dedo volví circular
la la zona irresistible para mí. Mi dedo entró ya sin dificultad en su ya
consagrada cola y ella aceleró la respiración, tomó mis pelos apretándome
también contra su interior, nuevamente dificultando mi respiración, y arqueando
la espalda para atrás... en menos de 3 minutos de mi más plena atención
lingüística a sus zonas herógenas, se acabó nuevamente con una abundante
cantidad de deliciosa y afrodisíaca secreción vaginal.
Por
poco sus pierdas ceden a su peso y cae sobre mí. Volvió a estremecerse y con
sus pocas energías atinó a abrir la caja de preservativos.
Quería
dejar todo en ese momento y su sentido de culpa o responsabilidad acerca de mi
bienestar sexual, (una especie de instinto de conservación de la especie y no
pasar por alto lo que el hombre a sus pies estaba necesitando), sacó hábilmente
uno y lo abrió en un solo movimiento con los dientes.
Apoyó
ambos pies a cada lado y yo sentado en el piso con mi espalda apoyada en su
cama y mi boca con su más intenso sabor y mi cola fría contra las cerámicas, me
dejé atender.
Se
agachó sin flexionar las rodillas y me colocó el preservativo con habilidad y
delicadeza pero ya con claros signos de agotamiento físico.
Desde
arriba me miró y besó. Sonrió, con expresión de conquista, de logro y merecido
final, coronando una noche diferente pero familiar.
Cuando
lo hubo colocado se dejó caer prácticamente y sin preocuparse mucho por la
trayectoria, quedó sentada sobre mí, penetrada completamente por mí ya pétreo
miembro que rogaba por un poco de atención esa noche.
La
fuerza de su bajada hizo que diera un saltito al llegar mi aparato todo lo
profundo en su interior y sus ojos expresaron como una inyección de nuevas
fuerzas.
Para
ese entonces con dos movimientos de su caderas estuve a punto soltarme y
terminar en su interior, tal era la cantidad de estimulación a mis sentidos en
toda esa previa... la accidentada performance con el dildo y su sublime clímax
en mis manos, labios y cara.
Hice
un ejercicio ya conocido por mí para contener un poco la necesidad de llenar
sus cavidades con mi jugo, y al estar ella cansada (y un tanto distraída por
todo los eventos que fueron de su conocimiento cuando encontramos el celular en
el piso), su ritmo sobre mi miembro (ya suplicante por dejarlo expulsar todo su
contenido de una vez), se hizo más irregular y facilitó mi trabajo de someterme
a la necesaria espera y dejarla demostrar su cariño hacia mí y mi placer.
Juntando
fuerzas, puso sus manos en mis hombros y se desenchufó de mí, me tendió las
manos y pidiendo me levante, y alegando estar agotada “de tanto culiar”, según
su tan refinada terminología contemporánea, me pidió sentarme sobre la cama.
Respondí
al instante, agradeciendo a mis adentros esta distracción, sino hubiera
terminado ya unos minutos antes con su vaivén tan placentero.
Una
vez sentado sobre la cama y esperando sus próximas órdenes, empujó mis
pectorales con simulada determinación de sodomiza entrenada, para hacerme
acostar y otra vez con su ritmo felino y sensual, se arrodilló ante mí.
Sin
dejar de mirarme a los ojos con mirada desafiante, su mano derecha tomó mi
miembro y tiró hacia arriba, sacando el profiláctico en el acto con un sonido a
látigo de latex. Acarició mis piernas y en ese instante dejé caer mi cabeza
hacia atrás quedando totalmente acostado en su cama, con los pies sobre el
piso. Desee tuviera ella un espejo en el techo para poder usar uno más de mis
sentidos y apreciar su accionar de exquisita calidad.
Se
tomó su tiempo, como imitando o devolviendo el favor (o de alguna manera
haciéndome sufrir la ansiedad que ella sufrió conmigo un rato antes) alargó
todo lo posible, todas sus acciones.
Comenzó
a besarlo sin utilizar las manos, se lo acomodó de un lado y del otro y lo fue
devorando lentamente, muy lentamente hasta completarlo todo. Una vez mi miembro
yacía en su totalidad en su boca, sacó su lengua y comenzó a lamer mis
testículos, con mucha habilidad, cosa que ya conocía en su repertorio y ella me
sabía fanático. Era la gloria.
Apenas
la sacó de su boca la tomó con su mano derecha y comenzó a subir y bajar,
eyecté un fuerte y cargado chorro de semen que fue a parar a mi panza, mi
pierna y su mano, la cual siguió masajeándolo verticalmente hasta que mi
respiración se normalizó.
Agradecí
a los cielos por esa hembra tan atenta y agradecida. En cuando pude levantar la
cabeza y verla a los ojos, sudada, despeinada y con los labios brillosos de
toda la saliva que utilizó para barnizar mi falo, nos reímos con complicidad,
sonó el timbre.
Parte 6.
Todo el
agradecimiento por su dedicación y tierna atención, se desvaneció al reaccionar
bruscamente y casi sentarla accidentalmente en el piso, mi cara de pánico sería
evidente ya que mientras juntaba mi ropa me dijo con forzada calma y firmeza
utilizando una voz de madre.
- Bajá...- haciendo
un gesto con la palma de su mano como oprimiendo un pedal de freno de un auto
imaginario.
- Estamos en un
brete, no debíamos.- Dije recogiendo una de mis zapatillas, sin poder encontrar
la otra., cuando me volvió a interrumpir (Siempre me interrumpía, que mala
costumbre, empezaba a asomar esa oculta y extensa lista de razones por la que
nunca duramos juntos) con su índice cruzando su boca, cual enfermera carente de
paciencia.
- Esperá acá... Debe
ser alguien para joder... y no hablés así que parecés un viejo de 70 años.-
Se acomodó el
vestido, cubrió su sudado e imponente cuerpo lo mejor que pudo con ese hermoso
vestido que más no podía hacer por envolverla, y se dirigió a la cocina. Con
una servilleta limpió su mano, su boca y secó entre medio de sus pechos y
acomodó sus pelos, mientras yo observaba la situación como si ella estuviera
intentando desarmar un dispositivo explosivo de máxima complejidad.
Oigo la puerta
abrirse y unas voces apagadas y la veo aparecer nuevamente, donde mi
preocupación aumentó indescriptiblemente al escucharla decir a un interlocutor
a sus espaldas y sin oír la puerta cerrarse.- Pasá! No pasa nada, ya lo conocés
creo...-
Yo a medio vestir,
realmente preocupado por mi seguridad personal, sabiendo que si su estimado
marido apareciera por la puerta (recordando que él no tenía llaves de su casa)
tendríamos un espectáculo realmente desagradable, ya que ellos son de ese tipo
de gente que no se preocupan por el “qué dirán” y son de alzar la voz y
maldecir todo lo posible...
Veo aparecer detrás
de Agatha a “La Tana” (No recuerdo su nombre, pero todos la conocían así en el
salón de belleza donde trabajaban) una muchacha más joven que nosotros, bajita
y regordeta, bonita, sobre arreglada y con una sonrisa que nunca se iba
totalmente de su carnosa boca.
Miré el teléfono,
sorprendido por el horario de esa visita y recordé que alguno de los mensajes
del teléfono accidentado que leí, provenían de ella “Tana” según recordé leer.
Se acercó a la puerta
del cuarto a saludarme, donde yo aún petrificado me asomaba sin saber cómo
reaccionar, mientras la anfitriona sin preocuparse por tenerme a mí a medio
vestir en su habitación y a su amiga, se dirigió a la cocina a repetir el
familiar ritual de prender la hornalla y llenar con agua la pava para el mate.
“La Tana” me saludó
con afecto, y aprovechó en la acción de ponerse de puntas de pié y darme un
beso en la mejilla, para mirar dentro del cuarto, notando seguramente la cama
desarmada, los preservativos sobre la mesa de luz, y posiblemente el dildo
victorioso y brillante como un faro desde la otra mesa junto al lecho.
Imposible para mi, sería disimular el olor a sexo de ambos en mis manos y boca.
Con voz chillona y
por demás apresurada contaba a su amiga a la velocidad que solo dos mujeres
pueden conversar sin tener en cuenta modismos y formas.
Haciendo caso omiso a
mi presencia en el otro sillón (Ellas compartían uno, desde donde yo lograba
ver apenas la entrepierna de Ágatha asomando solo para mí, volviéndo de a poco
a despertarme algo adentro) pero incómodo por la cantidad de cosas que decían
en tan poco tiempo, por hablar de gente a la que yo no conocía y ninguna
intentando siquiera participarme de la charla sin ponerle en tiempo y espacio.
Yo no existía y un poco me aliviaba que no sea un tema lo que acaba de pasar a
pocos pasos de ahí.
La visita estaba en
una especie de crisis de nervios, existencial y amorosa, donde la persona que
ella esperaba pasara a buscarla para darle una cierta atención que ella estaba
necesitando y esperando de dicha persona (Christian, Cristian o Christián, no
recuerdo) no apareció.
Ahí conocí la
neología del término “Ghostear” o desaparecer como un fantasma y perder
contacto con una persona sin mediar explicaciones. Ella estaba alterada y Agatha
parecía entenderla y querer transmitirle calma, sin perder el humor, pidiéndole
que no le diera tanta importancia porque este individuo de dudosas habilidades
sociales, no parecía merecer su atención. Repetía mucho lo de “Te tenes que
divertir”...
En un principio no
entendí a lo que se refería, pero evidentemente era algo que ellas sí podían
compartir y un par de veces, mientras sin disimular mi aburrimiento y
cansancio, jugaba con mi aparato de telefonía celular móvil, notaba que me
miraban y se reían disimuladamente.
Más entrada la noche,
entendería que esta visita había sido escenario de alguna charla previa de
ellas, donde Agatha le propuso “enseñarle” y hacerla partícipe de un buen
momento si su futura cita no llegara a buen puerto…
Lo que yo no sabía,
que luego me lo confesaría “La Tana” es que todo lo que pasó entre nosotros,
sin detalles, ellas lo habían imaginado, como yo creí desde un principio, que
mi amiga, tenía esto planeado de algún modo.
Noté con los minutos
que su charla se volvía cada vez más guaranga, hablaban entre sí casi sin
filtros ni tapujos, olvidando mi presencia y el mate, y también que Ágatha se
sentaba sobre un costado, como mostrándome sin disimulo frente a su amiga, lo
cual ella notó también, cuando pregunta. -Que te pasa? Te rompieron el
culito?.- Señalando su posición de piernas cruzadas y sobre un lado, a lo que
ambas rompieron en carcajadas, que se me hicieron irresistibles, al punto de
tener lágrimas en los ojos... los tres reímos mucho, cuando ella se pone un
tanto seria y mirando a su amiga la increpa, - Te quiero ver a vos con mi
“regalito” adentro, después como te sentás...-
Continuaron con los
mates y las risas, al tiempo que seguían escalando mi acaloramiento con su
nivel de vulgaridades y lo gráfico de su conversación, me retiré al patio a
fumar.
Nuevamente excitado
por lo que había acontecido, cansado por la hora y de muy buen humor por lo
divertido y subido de todo de la charla de las chicas, decidí retirarme, ya que
sentía la sensación de haber recibido muchísimo más de lo que había esperado de
esa noche con mi amiga.
Suena mi celular con
un mensaje, al que abro y veo una foto que claramente era desde el teléfono de
mi amiga, pero no sacada por ella, por la distancia de la que fue tomada, donde
se la veía posando con el Juguete Sexual como haciéndole publicidad. Como una
modelo de la televisión con un producto a la venta. Hermosa sonrisa tiene mi
amiga, y como solía decir sobre ella misma, “Lastima que salí tan puta...”
haciendo referencia a su desbocado y a veces problemático gusto y deleite por
el sexo.
Al mismo momento que
abro la foto para agrandarla, explotan las carcajadas adentro, y cierro los
ojos pensando que me sería muy pero muy difícil irme cuando yo quisiera.
Entré intentando no
llamar la atención y desviarlas de su charla. Me vuelvo a sentar en el sillón (claramente
me había perdido gran parte de la conversación y como fue evolucionando el
nivel de su charla, como escaló el desafío y subestimé la confianza e intimidad
que tenían entre ellas) y cuando levanto la cabeza para mirarlas estaban ellas
sentadas en el mobiliario opuesto a la baja mesita, una en cada punta, a lo que
mi amiga daba palmadas en el centro, como invitándome a sentar entre ellas.
Sabía (o creía saber)
a donde iba todo este juego, en un primer momento subestimé su alcance, y
entendí que solo era buscarme, erotizarme, únicamente hacerme parte como
testigo, generando la tensión con su amiga por ser yo un extraño para ella,
pero me equivocaba.
Comenzó desafiantemente,
era para ella misma, pero más era por su amiga. Agatha tenía una necesidad y un
morbo que se desdoblaba y ampliaba más y más, por cumplir sus fantasías y la
los demás.
Como cuando éramos
jóvenes en el tren hacia Constitución, llegaba a notar que algún viejito mirabale
las piernas, ella disimuladamente, separabalas y levantaba de a poco su pollera
para presentar un inolvidable (y a veces infartante) espectáculo al anónimo
participante.
Otras veces, si la
miraban desde un auto y no había mucha gente al rededor, se apretaba los pechos
para hacerlos subir y enloquecer a los casuales admiradores.
Era muy provocadora,
sabía los límites, pero le gustaba, como con el espejo, ser la protagonista del
deseo de los demás, participar, crear, elevar y destruir el lívido, una
especialidad suya, como la estética corporal y las guarangadas con acento del
interior.
Haciendo un esfuerzo
por levantarme, disimulando mi creciente excitación, me puse de pié, hice el
ademán de mirar la muñeca de mi mano izquierda como si ahí hubiese un reloj
pulsera (nunca usé uno) y dije algo como .- Se hizo tarde realmente... .- lo
que acompañe con una sonrisa irónica.
Di vuelta alrededor
del mate medio frío, del libro que nadie recordaba que seguía ahí (y fue una de
las excusas para hacer esa inefable visita), y pedí permiso para sentarme entre
ellas. Era claro que ellas habían acordado que eso sucediera, con sus sonrisas
y mensajes tácitos, en un lenguaje que solo sé que hablan las mujeres.
Sinceramente “La
Tana” no me atraía mucho, no por ser gordita, ya que era muy bonita, linda su
sonrisa de publicidad de margarina, pero me parecía un poco falta de chispa o
de misterio... daba la impresión que por más que te contara su más oscuro
secreto, nada de esa persona sonriente y de cachetes (que lo llamaban a uno a
pellizcarlos con cariño), podría sorprendernos realmente, como si fuera una
mujer de aguas poco profundas.
Ella inició una serie
de preguntas que apuntaban claramente a provocarme, llevándome a un terreno
cada vez más íntimo, o provocarse entre ellas, pero indefectiblemente, yo
estaba físicamente en el medio de las dos.
- “Es verda ´ que lo
“escondió” enterito?” .- Preguntó con sus cachetes colorados de tanto reírse o
de un dejo de vergüenza, con el aparato entre las palmas de sus anchas manos.
Me preguntaba si lo
habrían lavado, tonto yo, pero mayormente comenzaba a exasperarme el hecho que
esta muchacha, simpática y agradable como parecía, pronunciara tan mal, aún
peor que mi amiga, (lo cual podía perdonárselo a ella por quererla tanto) pero
pasé por alto esta vez, sus fallas idiomáticas.
Entendí que se
refería al jueguete sexual que miraba con sorpresa, a la habilidad de nuestra
mutua anfitriona y a los eventos previos a su llegada.
- Termina con “D”.. -
Digo en voz baja, como para sacarme esa urgencia de corregirla, pero sin querer
sonar petulante o sobrador. Refiriéndome a “VerdaD”, para mí mismo.
Esta simpatiquísima
chica (entre risas y ademanes, parecía un poco ebria, o solo nerviosa) siguió
con sus preguntas, sin prestar atención (o quizá evitando deliberadamente) mi
comentario...
- Le mostramos? .- Me
dice Ágatha, queriendo responder a la falta de credibilidad de su compañera,
tomándolo como un desafío, mientras toma de las manos de su amiga, sin dejar de
mirarme nuestro inanimado centro de interés. Posiblemente fuera todo parte de
un “acting” como le dicen ahora a una rutina…
- Honestamente, no
estoy seguro que tu sobre exigida anatomía tolere con nobleza otro acto de
arrojo y queden indemnes tus partes ya resentidas...- Intenté ser claro…
fracasé.
Ambas me miraron como
si acabara de recitar un corto poema en Armenio y no llegaran a comprender si
lo que había dicho, tenía realmente un sentido o era solo un amontonamiento de
palabras rebuscadas y polisílabas.
- Te va a doler el
culito...- Me traduzco al momento que todos reímos de lo tonto que puedo sonar
a veces cuando estoy nervioso.
La amiga miraba el
juguete y a mi amiga, como si fuera a iniciar en cualquier momento un truco de magia,
con cierta excitación y arrastrada por el envolvente juego de seducción de mi
querida y estimada amiga.
Agatha elevó el tono
al sentirse ofendida por la incredulidad de “La Tana”, y luego de un par de
amenazas mutuas ensayó una cara de ofendida y dijo:
-
Caminar se
demuestra…- y se interrumpió mirándome, como buscando en mí el fin de su
equivocada cita…
-
“El
movimiento se demuestra andando”… corrijo con dulzura y una sonrisa.
El sillón no era
grande, apenas entrábamos los 3 (yo soy grandote, y ninguna de las 2 mujeres
tenía el peso de una gimnasta rusa) aun así ella giró sobre sí misma, quedó
arrodillada sobre el sillón dándonos la espalda miró sobre su hombro a su amiga
y le advirtió:
-Mirá que mi amigo
acá, no le hace asco a nada…- Refiriéndose a mí y a mi amplio gusto por ejercer
las artes amatorias sin fijarme realmente en el aspecto físico de mi o mis
acompañantes.
La Tana rió e hizo el
gesto de aplaudir, pero sin producir sonido, y repitiendo las palaras más
hermosas y eróticas posibles, dijo - Dame un beso...- Bajó hasta tocar su panza
con el apoyabrazos, apuntándonos con tus enormes glúteos (los cuales comencé a
acariciar instantáneamente) apoyando sus manos en una silla continua que
pertenecía a un escritorio adyacente al living.
-Ahora sí que vas a
tener testigos de tus hazañas mi estimada, tu amiga no creo sepa donde se mete…
Dije nuevamente como un jovencito excitado y casi superado por la situación,
sin reparar en la señorita a mi izquierda.
A los pocos segundos
de ella mostrándonos sus partes y yo acariciándola con delicadeza y ya
dispuesto a besarla en su totalidad como ella pidió, y evitando hacer contacto
con la extraña muchacha a mi lado, me vi sorprendido al sentirla pasar sobre
mí, hacia nuestra anfitriona, tomando el consolador de la mano de mi amiga y besarla
en el medio de sexo, con una agilidad y naturalidad, que parecía ensayado.
Ni bien ella hace
contacto con el sexo de su compañera de trabajo, “Á” deja escapar un profundo y
ronco gemido, como si los labios de esta extraña tuvieran un efecto mucho más
erótico en ella, por lo prohibido, lo incorrecto y lo reprimido del asunto.
Imaginen la
situación, dos mujeres en un sillón en cuatro patas, una deleitándose con el
sexo de la otra, y yo sentado en el medio, bajo los grandes pechos de La Tana,
que rozaban mis piernas, totalmente descolocado. Lo pienso y me vuelvo a
excitar…
Solo atiné a estirar
mis brazos a ambos lados del respaldo, y ver desde esa increíblemente corta
distancia un espectáculo que no creía haber visto nunca.
Besó luego sus
glúteos, ya más tranquila del deseo inicial, a lo que Ágatha saliendo de su
trance, comenzó a darnos órdenes, sin dirigirse personalmente a ninguno de
nosotros, como si esta chica y yo, fuéramos los músicos de su filarmónica
sexual, a lo que la directora, mirando al vacío, dirigía esa obra que era
netamente para su placer.
Comencé a masajear la
cola de su amiga con una mano, esperando ser bien recibido, y al notar que ella
la movía con placer, sin despegarse de la cola y la vagina de su amiga, con
besos, cortas lamidas y roces con su nariz y labios, y hasta de vez en cuando
apoyaba sus pómulos sobre esas zonas, como para sentir el calor y la humedad de
la dueña de casa. Bajé una de mis manos y la metí sobre mi falta, para tocar ya
sin muchas reservas sus enormes y blandos pechos de globos inflados con agua.
Acompañé mis
movimientos iniciales, seguí acariciándolos sobre mi falda, los recorrí, metí
mi mano, por su escote y busqué los grandes pezones de mi desconocida y erótica
nueva amiga.
La Tana en cuatro
patas, pasando sobre mí, dándole sexo oral a mi amiga (amiga mutua), se esturó
para dejar el chiche sobre la mesa del mate, y con esa mano liberada, la metió
entre mis piernas. Las acarició desde las rodillas hasta arriba, donde halló mi
pene listo y apretado nuevamente en ese pantalón que esa noche solo servía como
un límite innecesario…
Con muy poca libertad
de movimientos, con Agatha sin ninguna intención de dejar de ser atendida y
pidiendo le besen (pedía al universo, a cualquiera que quisiera) la cola o la
“rajita”, más adentro, más rápido, sin preocuparse de lo que pasaba detrás de
ella.
Desconociendo o sin
importarle lo que pasaba en el sillón fuera de quién le metiera un requerido
dedo, o la lengua, La Tana buscaba liberar mi miembro como yo buscaba
desabrochar su pantalón ajustadísimo. En pocos momentos nos miramos y nos dimos
por vencidos con la ropa, sin cambiar de posición, no podríamos avanzar. Ella
cambió de mano y dejó de acariciarme las piernas para tomar mi cabeza y
abandonó momentáneamente la tarea de dar placer a la anfitriona, besándome con
un exquisito y familiar gusto a sexo en su lengua. Dirigió mi cara para que yo
siguiera donde ella había dejado, y volví yo a la tarea de darle placer a la
cola y a la jugosa vagina de mi amiga.
La recién llegada
salió de encima mío, se puso de pie y se bajó el pantalón junto con una ínfima
y claramente innecesaria ropa interior, perdida entre sus dulces y blancos
pliegues.
Con un pedido un poco
gracioso a esta altura, como sin querer faltar el respeto, y terminando de
desnudarse por completo, se sentó en la mesita y desabrochando mi cinturón dijo
“Permiso” y tironeó para bajarme el pantalón y liberar mi pene, ayudando yo sin
dejar mi tarea.
Agatha gira y ríe de
la situación, dejando huérfana mi lengua con su sabor, va a la habitación para
volver con la querida caja de preservativos, al tiempo que aprecia como su
amiga me termina de desvestir y se apodera mi miembro para besarlo como la
mujer que acaba de conocer quién será su esposo en un matrimonio arreglado,
esta vez por su amiga y no por los padres.
-
A ver Tana
como lo atendés a mi amigo…- Cuestiona con afecto a la jovencita que solo
levantó los ojos y no dejó de lamerme por un instante.
Y esta vez hablándome
a mí, bromea sobre si no había dicho anteriormente que era muy tarde y me tenía
que retirar…
Ella por unos instantes
se dedica a apreciar el show que montamos sin saberlo para su diversión, y
mira, mientras masajea distraídamente su clítoris, con una enorme sonrisa de
satisfacción al verme sentado y gozando de una felatio por su compañera de
trabajo, y con muchas ideas en la cabeza.
Su amiga parecía
gozar esta tarea también, con un poco de topeza o falta de experiencia, hacía
lo que mejor podía por dar placer.
-A ver como venimos
por acá…- La oigo decir, y se sienta en la mesa baja junto a donde estuvo
sentada La Tana, y como para devolverle el favor de una larga y rigurosa
lamida, comienza a acariciar los gordos glúteos de su amiga.
Bajó su mano y con
sus dedos debe haber hallado su vagina, porque la oí gemir mientras lamía mis
testículos, y comenzó a masturbarla… Esta imagen, lo que se hacían y lo que me
hacían, quería durara por siempre… aunque aún estaba lejos de volver a acabar,
estaba muy caliente.
Veo una sonrisa
pícara en la cara de Agatha y noto que comienza a masajear el culito de esta
muchacha, y luego de mojarse los dedos en su boca (No sé si para saborear los
flujos o para lubricar más) introduce uno lenta pero sin pausa en el interior
de la joven invitada. Esta saca mi pene de su boca y dice – Despacito
conchuda!.- con seriedad, pero volviendo a su tarea de lamerme como si fuera un
mandato transmitido telepáticamente desde un centro de comandos remoto.
Mi amiga ríe y repite
las palabras, sin sacar su dedo, solo retirándolo una falange para luego volver
a introducirlo - Ok, “Despacito, conchuda…” Como quieras…-
Sigue cada una en su
tarea, La Tana toma confianza y me besa, me masturba, alarga su mano hacia
atrás y se toca también, gime y deja a la dueña de casa domesticar su ano, como
en manos de un experto, que sabe lo que hace… Agatha se toca sin apuro y
disfruta de dilatar el enorme pero aparentemente cerrado culo de quién está
entre nosotros.
-Ahora
Tana, ya lo tenés listo para que mi amigo te lo atienda…- refiriéndose al
estado de su ano…
- Vos quédate ahí y déjate atender…
Esta
hermosa y cariñosa, blanca y regordeta muchacha queda arrodillada frente al
sillón donde yo estaba, y cambiamos de lugar con mi compañera de aventuras.
Ella se sienta en el medio, donde yo había estado gozando, con sus piernas bien
separadas, entregándole su conchita a su amiga para que siga con su tarea de
lamer y degustar y yo me coloco detrás de esta atenta joven y con calma pero
interiormente como una pava a punto de hervir, me coloco un preservativo y
apoyo la punta de miembro, instrumento de acero recubierto de piel a esta
altura del show de mujeres lamiéndose y lamiéndome.
-Despacito por
favor.- Me ruga con vos agitada, cosa que al contrario de calmarme me excita
aún más y comienzo la tarea de leves y constantes empujoncitos para penetrar
este novedoso culito que me ofrecían con tan pocas condiciones.
Agatha gozaba mirando
a su amiga chuparla y a mi penetrarla y me hace una seña como que avance con
cuidado, que no le hiciera doler, cosa que luego sabría ella utilizó para
convencer a la inesperada visita que probara el sexo anal con alguien que ella
recomendaría.
Como la gota que
horada la piedra, logré introducir la cabeza de mi pene, al momento que ella
larga un pequeño quejido acompañado de una especie de mantra que rezaba algo
así como… “Hijodeputahijodeputahijodeputahijodeputaaass”
Medio preocupado miro
a mi amiga que con un gesto tranquilizador me da a entender que siga son la
penetración, que estaba todo bien, según lo que ella esperaba.
Cuando la llego a
penetrar con soltura, introduciendo por completo mi miembro hasta el fondo de
su colon, y el chasquido de nuestros cuerpos chocando se hace rítmico, la oigo
jadear con fuerza, cosa que me encantó y tranquilizó, y evidentemente también
desató algo en Agatha, ya que sus propios gemidos se unificaron con los de la
penetrada extraña, y la toma de los pelos para que la lama más intensamente.
Ellas dos gozaban
diferente que yo, ellas en una sintonía clara, donde el gozo y dolor de cada
una, se veía reflejado en la otra.
Yo preocupado por no
hacerle doler el culito, había bajado un poco mi concentración, cosa que se
reanimó cuando ambas acabaron juntas largamente, La Tana con la colita ocupada
con mi miembro, la vagina con sus gruesos dedos y mi amiga con la lengua de la
primera en ambos agujeros y friccionando con brusquedad su clítoris.
Otra vez esta imagen
me ponía como loco. Apuré mis empujones y una embestida antes de acabar se la
saqué de la cola y con un rápido movimiento me quité el profiláctico y eyaculé
abundantemente sobre los glúteos y espalda de esta dulce y dedicada criatura.
Ya tenía mí afecto ganado esta muchacha.
Cumpliendo su promesa
nos bañamos, solo que fuimos tres. No al mismo tiempo, por obvias razones
geométricas, pero compartimos un momento de relajación, caricias y
acicalamiento mútuo.
Alcanzamos a La Tana
hasta su casa, quién se despidió con un beso en la boca de ambos, con un poco
de vergüenza de su parte, pero se la veía muy alegre.
Volvimos a la puerta
de la casa de mi amiga que quedaba realmente cerca, pero el barrio no era de lo
mejor, cuando vemos en la puerta su casa unos muchachos parados.
Agatha me dice “Seguí
un poco más…” y la dejo casi en la esquina.
A pedido de ella la
dejo y sigo mi marcha. Más luego sabría que el marido por exceso de alcohol o
por impericia, terminó maltratando a Mirta la muchacha que lo esperaba para
retomar una truncada relación, con quizá algo de enojo contra su mujer, hizo un espectáculo
lamentable, fue echado del establecimiento y regresó con dos fieles amigos que lo
acompañaron a su casa. Su mujer no estaba y eso lo enojó, casi termina por
agarrarse a golpes con uno de los amigos que lo escoltó y mi amiga lo encontró
llorando en la puerta de su casa arrepentido por su matrimonio, su fracaso, su
falta de éxito laboral y por no haber podido tener sexo con "La Paraguaya" como
tenía planeado.
Ante tal confesión
pública, Agatha lo ayudó a entrar a su casa, a bañarse donde nos bañamos un
rato antes y a acostarse donde habíamos acabado juntos pero no simultáneamente
más temprano, con una piedad digna de un ser extraordinario.
Al otro día, ya
tranquilos y sobrios, decidieron con la excusa de los chicos, comenzar terapia
de pareja. Creo que todo salió bastante bien.
Fin.
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